Lo eterno

Por: Rómulo Bustos Aguirre

 

Lo eterno está siempre ocurriendo

ante tus ojos

Vivo y opaco como una piedra

Y tú debes pulir esa piedra
hasta hacerla un espejo en que poderte mirar

mirándola

Pero entonces el espejo ya será agua y escapará

entre tus dedos

Lo eterno está siempre en fuga ante tus ojos

3

Medio año más tarde, a Hübl lo detuvieron y lo condenaron a muchos años de cárcel. En la misma época moría mi papá.
En los últimos diez años de su vida fue perdiendo poco a poco el habla. Al principio eran sólo algunas palabras las que no podía recordar o en lugar de ellas decía otras parecidas y enseguida él mismo se reía. Pero al final ya sólo era capaz de decir unas pocas palabras y todos sus intentos de decir algo más terminaban con una frase que fue de las últimas que le quedaron: qué curioso.
Decía qué curioso y en sus ojos había una extrañeza infinita por saber todo y no saber decir nada. Las cosas habían perdido su nombre y se habían fundido en un solo ente indiferenciable. Y sólo yo, cuando hablaba con él, podía convertir por un rato ese infinito anónimo en un mundo de particularidades con nombre.
Los inmensos ojos azules de su hermoso rostro de anciano eran igual de sabios que antes. Con frecuencia lo llevaba de paseo. Dábamos la vuelta a la manzana, eso era todo, papá ya no podía más. Andaba mal, daba pasos pequeños y en cuanto se cansaba un poco, el cuerpo comenzaba a caérsele hacia delante y perdía el equilibrio. Con frecuencia teníamos que detenernos para que descansase con la frente apoyada a la pared.
Durante aquellos paseos hablábamos de música. Mientras papá había podido hablar bien, yo le había preguntado poco. Y ahora quería compensarlo. Hablábamos entonces de música, pero era una conversación extraña entre uno que no sabía nada y sabía muchas palabras y otro que sabía todo pero no sabía ninguna palabra.
Durante los diez años de su enfermedad, papá escribió un largo libro sobre las sonatas de Beethoven. Escribía algo mejor de lo que hablaba, pero aún así, al escribir le resultaba cada vez más difícil acordarse de las palabras y nadie entendía su texto, porque estaba escrito con palabras que no existen.
Una vez me llamó a su habitación. Tenía sobre el piano abiertas las variaciones a la sonata op. 111. «Fíjate», me dijo y me señaló las notas (también había dejado de saber tocar el piano), «fíjate», repitió y aún consiguió decirme, después de un prolongado esfuerzo: «¡ya lo sé!» y siguió intentado explicarme algo importante pero su mensaje se componía de palabras completamente incomprensibles, de modo que cuando comprobó que no le entendía me miró asombrado y me dijo: «qué curioso».
Claro que yo sé de qué quería hablar, porque era una cuestión que él se venía planteando desde hacía mucho tiempo. Beethoven, al final de su vida se aficionó extraordinariamente a la forma de las variaciones. A primera vista parecería que ésta es de todas las formas la más superficial, una simple exhibición de técnica musical, un trabajo más adecuado para una encajera que para Beethoven. Y él hizo de ésta (por primera vez en la historia de la música) una de las formas más importantes y guardó en forma de variaciones sus más hermosas meditaciones.
Sí, eso es sabido. Pero papá quería saber cómo entender aquello. ¿Por qué precisamente las variaciones? ¿Cuál es su sentido oculto?
Y por eso me llamó aquella vez a su habitación, me señaló las notas y me dijo: «¡ya lo sé!».

 

Capítulo 3 de la sexta parte de El libro de la risa y el olvido por Milan Kundera, 1978.

Los novios pobres

Por: Adília Lopes

El novio le regala
flores marchitas a
la novia
y la novia se las come
porque tiene hambre

No intercambian cartas
ni retratos ni anillos
porque son pobres

Pero un día
tienen mucho miedo
de olvidarse
uno del otro
entonces toman
un cordón
del suelo
cortan el cordón con los dientes
e intercambian alianzas
hechas de cordón

No pueden
fijar encuentros
porque no tienen
número de teléfono
ni dirección
así que se encuentran
por casualidad
y siempre temen
no volver
a encontrarse

El azar
no los favorece

Decidir no salir nunca
del mismo sitio
y quedarse siempre juntos
para no perderse
el uno al otro.

Buscan algún sitio
pero todos los sitios
tienen dueño
o cambian su nombre

Entonces retiran
de los dedos
los anillos de cordón
atan un anillo
al otro
y se ahorcan

Pero la novia
tiene que esperar
por el novio
porque el cordón
solo da para uno
a la vez

El novio
descansa
a la sombra
de la higuera
y la novia se
columpia
en la higuera

El dueño de la higuera
se enoja
con los novios pobres
porque cree
que están robando higos
y jugando a columpiarse

 

Traducción de Alejandro Giraldo, Tragaluz Editores.

“Cuando la primera noche después de la huida se despertaron en un pequeño hotel alpino y se dieron cuenta de que estaban solos, arrancados del mundo en el que hasta entonces se había desarrollado toda su vida, ella se sintió liberada y aliviada. Aquello ocurrió en las montañas y ellos estaban allí maravillosamente solos. A su alrededor había un silencio increíble. Tamina lo percibía como un regalo inesperado y se le ocurrió que su marido había huido de Bohemia para escapar de las persecuciones y ella para encontrar el silencio; silencio para su marido y para ella; silencio para el amor.
Cuando el marido murió, la atacó una repentina nostalgia por la patria en la que diez años de su vida en común habían dejado en todas partes sus huellas. En un repentino impulso sentimental envió la esquela de defunción a decenas de conocidos. No recibió ni una sola respuesta.
Un mes más tarde se fue al mar con el resto del dinero ahorrado. Se puso el bañador y se tomó un tubo de calmantes. Luego nadó mar adentro. Pensó que las pastillas le producirían un profundo cansancio y que se ahogaría. Pero el agua fría y el movimiento (fue siempre una excelente nadadora) no la dejaron dormir y las pastillas eran seguramente más débiles de lo que había supuesto.
Regresó a la orilla, se fue a su habitación y durmió durante veinte horas. Cuando despertó había en su interior paz y tranquilidad. Estaba decidida a vivir en silencio y para el silencio.”

Fragmento del capítulo 12 de la cuarta parte de El libro de la risa y el olvido por Milan Kundera, 1978.

4

Tamina y su marido salieron de Checoslovaquia ilegalmente. Se apuntaron en un viaje turístico a la costa yugoslava organizado por la empresa de viajes del estado. Allí abandonaron la expedición y se dirigieron hacia Occidente atravesando Austria.
Para no llamar la atención durante la excursión, sólo cogieron una maleta grande cada uno. En el último momento no se atrevieron a llevar un paquete de considerable tamaño que contenía la correspondencia mantenida entre ambos y los diarios de Tamina. Si un policía de la Bohemia ocupada les hubiera abierto el equipaje durante la revisión en la frontera, habría resultado inmediatamente sospechoso el llevar, para un viaje de catorce días al mar, todo el archivo de su vida íntima. Y como no querían dejar el paquete en su propia casa, ya que sabían que sería confiscada por el estado después de su partida, lo depositaron en casa de la suegra de Tamina, en el escritorio abandonado y ahora ya en desuso del fallecido padre de su marido.
En el extranjero el marido enfermó y Tamina sólo pudo mirar como la muerte se lo llevaba poco a poco. Cuando murió, le preguntaron si prefería enterrarlo o incinerarlo. Dijo que incinerarlo. Le preguntaron si quería conservarlo en una urna o esparcir las cenizas. No tenía ningún hogar en ningún sitio y le dio miedo pensar en llevar al marido toda la vida como un bolso de mano. Por eso hizo que esparcieran las cenizas.
Me imagino al mundo creciendo hacia arriba alrededor de Tamina como una pared circular, y ella es un pequeño trozo de césped allá abajo en el fondo. De ese césped crece el recuerdo del marido como una única rosa.
O me imagino que el presente de Tamina (compuesto de servir el café y de ofrecer su oreja) es una barca que se desliza por el agua, y ella va sentada en esa barca y mira hacia atrás, solo hacia atrás.
Pero en los últimos tiempos está desesperada, porque el pasado palidece cada vez más. Lo único que conserva de su marido es la fotografía del pasaporte, todas las otras fotos quedaron en la casa confiscada de Praga. Mira el retrato manoseado, al que le falta una esquina; el marido aparece de frente (como un delincuente fotografiado por un fotógrafo policial) y no guarda demasiada semejanza con el original. Diariamente realiza con esa fotografía una especie de ejercicio espiritual. Intenta imaginarse al marido de perfil, de medio perfil, de cuarto perfil. Intenta reproducir la línea de su nariz, de su mentón y diariamente se asusta al comprobar que en ese dibujo imaginario hay nuevos lugares dudosos en los que su memoria de dibujante titubea.
Durante estos ejercicios hizo un esfuerzo por evocar su piel, con su color y todos sus pequeños defectos, lunares, pecas, venillas. Fue difícil, fue casi imposible. Los colores que empleaba su memoria eran irreales y con ellos no se podía imitar la piel humana. Eso la condujo a una técnica especial de evocación. Cuando estaba sentada frente a algún hombre utilizaba su cabeza como material para una escultura: lo miraba fijamente y remodelaba en su imaginación su cara, le ponía un tono más oscuro, le colocaba pecas y lunares, disminuía sus orejas y le pintaba los ojos de azul.
Pero todo aquel esfuerzo lo único que hacía era demostrar que el aspecto de su marido huía irremisiblemente. Cuando comenzaron sus relaciones le había pedido que llevase un diario y anotase allí para ambos el transcurso de su vida común (era diez años mayor que ella y tenía ya por lo tanto una cierta idea de la miseria de la memoria humana).
Lo amaba demasiado como para aceptar que lo que ella consideraba inolvidable pudiera ser olvidado. Claro que al fin le hizo caso, pero sin entusiasmo. Las anotaciones, por eso mismo, tenían muchas páginas en blanco y se limitaban a lo más esencial.”

Capítulo 4 de la cuarta parte de El libro de la risa y el olvido por Milan Kundera, 1978.

“Digámoslo de otro modo: toda relación amorosa se basa en una serie de convenios que, sin escribirlos, los amantes establecen imprudentemente durante las primeras semanas de amor. Están todavía como en sueños, pero al mismo tiempo redactan como abogados implacables las cláusulas detalladas del contrato. ¡Oh amantes, sed cautelosos durante esos peligrosos primeros días! ¡Si le lleváis al otro el desayuno a la cama os verés obligados a hacerlo siempre, a menos que queráis ser acusados de desamor y traición!

En las primeras semanas quedó decidido entre Karel y Marketa que Karel iba a ser infiel y que Marketa se resignaría a soportarlo, pero en cambio Marketa tendría derecho a ser la mejor y Karel se sentiría culpable delante de ella. Nadie sabía mejor que Marketa lo triste que es ser el mejor. Era la mejor sólo porque no le quedaba otra posibilidad.

Por supuesto que Marketa en el fondo sabía que aquella conversación telefónica era en sí misma algo sin importancia. Pero no se trataba de lo que era, sino de lo que representaba. Contenía en elocuente abreviatura toda la situación de su vida: todo lo hace sólo por Karel y para Karel. Se ocupa de su mamá. Le presenta a su mejor amiga. Se la regala. Para que esté satisfecho. ¿Y por qué hace todo eso? ¿Por qué se esfuerza? ¿Por qué empuja como Sísifo la piedra hacia la cima de la montaña? Haga lo que haga, Karel está como ausente. Arregla una cita con otra mujer y se le escapa siempre.

Cuando iba al colegio era ingobernable , inquieta y casi demasiado llena de vida. El viejo profesor de matemáticas solía meterse con ella:

A usted Marketa no hay quien la vigile. Al que sea su marido lo compadezco.

Ella sonreía satisfecha, aquellas palabras le sonaban como un presagio feliz. Y luego de repente, sin darse cuenta, se encontró jugando otro papel, en contra de sus expectativas, en contra de su voluntad y de su gusto. Y todo por no prestar atención durante esa semana cuando, sin saberlo, cerraba el contrato.

Ya no le gusta ser siempre la mejor. Todos los años de su matrimonio le cayeron encima como un pesado saco.”

 

Fragmento del capítulo 6 de la segunda parte de El libro de la risa y el olvido por Milan Kundera, 1978.

12

¡Pero Mirek se equivoca! Nadie le ha encargado a Zdena que negocie con él. No, hoy ya ninguno de los poderosos recibiría a Mirek, por mucho que rogase. Ya es tarde.
Y si Zdena le aconseja, sin embargo, que haga algo para su propio bien y afirma que se lo han dicho los camaradas de la dirección, no es más que un deseo impotente y confuso de ayudarle de algún modo. Y si habla tan apresuradamente y evita su mirada no es porque tenga en las manos una trampa preparada, sino porque tiene las manos completamente vacías.
¿La comprendió alguna vez Mirek?
Siempre pensó que Zdena era tan furiosamente fiel al partido porque era una fanática.
No era así. Fue fiel al partido porque amaba a Mirek. Cuando la abandonó lo único que ella quería era demostrar que la fidelidad es un valor que está por encima de todos los demás. Quería demostrar que él era infiel en todo y ella en todo fiel. Lo que parecía fanatismo político era solo un pretexto, una parábola, un manifiesto de fidelidad, el reproche secreto de un amor traicionado.
Me imagino cómo se despertó una mañana de agosto, con el horrible ruido de los aviones. Salió corriendo a la calle y la gente excitada le dijo que el ejército ruso había ocupado Bohemia. ¡Estalló en una risa histérica! Los tanques rusos habían venido a castigar a todos los infieles. ¡Por fin podría presenciar la perdición de Mirek! ¡Por fin lo verá de rodillas! Por fin podrá inclinarse sobre él ella que sabe lo que es la fidelidad y ayudarle.
Él se decidió a interrumpir brutalmente una conversación que iba por mal camino:
Hace tiempo te mandé un montón de cartas. Me gustaría llevármelas.
Levantó la cabeza sorprendida:
¿Cartas?
Sí, mis cartas. Tengo que haberte mandado más de cien.
Sí, tus cartas, ya sé dice, y de repente ya no rehúye su mirada y lo mira fijamente a los ojos. Mirek tiene la incómoda sensación de que le ve hasta el fondo del alma y de que sabe perfectamente lo que quiere y por qué lo quiere. Las cartas, sí, tus cartas repite, no hace mucho que he vuelto a leerlas. Me pregunto cómo es posible que hayas sido capaz de semejante explosión de sentimientos.
Y vuelve a repetir varias veces esas palabras, explosión de sentimientos, y no las dice con rapidez y precipitación, sino lenta y medidamente, como si apuntase a un objetivo al que no quiere errar, y no le quita los ojos de encima, como si quisiese comprobar si ha dado en el blanco.”

 

Capítulo 12 de la primera parte de El libro de la risa y el olvido por Milan Kundera, 1978.