These heroics

By: Leonard Cohen

 

If I had a shining head
and people turned to stare at me
in the streetcars;
and I could stretch my body
through the bright water
and keep abreast of fish and water snakes;
if I could ruin my feathers
in flight before the sun;
do you think that I would remain in this room,
reciting poems to you,
and making outrageous dreams
with the smallest movements of your mouth?

Tomado de Let us compare mythologies por Leonard Cohen, 1956.

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“Y se estaba en marzo —marzo seguía siendo marzo para Esteban, a pesar de que muy bien le sonaban ya los «Nivosos» y «Pluviosos» del nuevo calendario. Un marzo ceniciento, enrejado de lluvias, que envolvía las colinas de Ciboure en cendales difusos, dando un aspecto fantasmal a las barcas que regresaban al puerto, luego de la pesca en un mar verde-gris, agitado y triste, cuyas lejanías sin horizonte preciso se disolvían en un cielo blanquecino, brumoso, demorado en invierno. Por la ventana de la habitación donde el joven cumplía su trabajo de traductor y corrector de pruebas, divisábanse playas desiertas, erizadas de estacas, donde el Océano dejaba algas yertas, maderas rotas, hilachas de lona, después de las tormentas nocturnas que gemían en el calado de los postigos, atolondrando las chirriantes veletas de hierro roídas por el verdín. Allá, en la antigua Plaza Luis XVI, ahora Plaza de la Libertad, se alzaba la guillotina. Lejos de su ambiente mayor, lejos de la plaza salpicada por la sangre de un monarca, donde había actuado en Tragedia Trascendental, aquella máquina llovida —ni siquiera terrible, sino fea; ni siquiera fatídica, sino triste y viscosa— cobraba, al actuar, el lamentable aspecto de los teatros donde unos cómicos de la legua, en funciones provincianas, tratan de remedar el estilo de los grandes actores de la capital. Ante el espectáculo de una ejecución se detenían algunos pescadores cargando nasas; tres o cuatro transeúntes, de expresión enigmática, botando saliva de tabaco por el colmillo; un niño, un alpargatero, un vendedor de chipirones, antes de proseguir su camino sin apurar el paso, después de que el cuerpo de alguno hubiese empezado a largar la sangre como vino por cuello de odre. Se estaba en marzo. Un marzo ceniciento, enrejado de lluvias que hinchaban la paja de los establos, enlodaban el vellón de las cabras, poniendo acres humaredas en las cocinas de altas chimeneas, olientes a ajos y aceites espesos.”

Fragmento del capítulo XII de El Siglo de las Luces por Alejo Carpentier, 1962.

“El espíritu, querido Alberto, vive aquí en una continua exaltación. La vastedad de esta llanura es inmensa y las emociones toman la forma del espacio que las suscita. Para mí esta revelación del Valle es un problema porque todo este goce me lleva irresistiblemente a los problemas de la muerte. Es desastroso tener esta naturaleza intelectual acostumbrada a la metafísica, porque el pensamiento destruye y arruina las grandes creaciones de la naturaleza. Toda la gente aquí se entrega con frenesí al disfrute de las sensaciones inmediatas y vive hasta el cansancio esta ternura, esta contemplación cósmica. Matan todas las pasiones y los sentimientos porque saben que al despertar encontrarán renovadas estas maravillosas formas de vida. Yo he mirado cómo se divierten, y ninguna mancha de conocimiento ensombrece el fácil placer que fecunda esta tierra generosa, que sólo se ofrece a los vivos, a los fuertes, al animal humano. Cómo los envidio y qué bellas lecciones me gustaría aprender de ellos, pero los débiles nos refugiamos en la cultura, como si quisiéramos ocultar el complejo de los impotentes. Sin embargo mi espíritu no está resentido, pues sólo me quedaría odiar lo que me rodea. Pero estos seres inmaculados han triunfado sobre la muerte y han aceptado el fértil y maravilloso regalo de la vida. (…) La angustia que sufro viene de este fracaso, y de anteponer los más fútiles idealismos a la belleza de la carne que aquí es como un ofrecimiento de la tierra.

Por este modo de ser soy una especie de tumor que sobra y afea la naturaleza, pero no puedo corregirme. Desde hace tiempo se ha venido acumulando en mi sensibilidad una especie de envenenamiento que me retiene en la sombra y no me deja llegar hasta los claros y alegres días del mundo. Esta separación que divide al que contempla de lo contemplado, lanza a una soledad aterradora, acaba con ciertos placeres elementales, prohibe ciertos derechos. Mi mayor afán ahora es evadirme de esta prisión en que se revuelven mis sentidos y mis sentimientos y aspirar a un modesto resquicio de libertad entre los hombres que me permita ser como ellos, vivir en su mundo, participar de sus comunes alegrías, no excederme en el límite de sus conquistas. Pero me pregunto con decepción si seré capaz de lograrlo, y no quedarme pensando, mientras ellos miran el sol, caminan despreocupados en la tarde, comparten el milagro de la vida, cuando yo paso cerca de ellos pensando que esto se acabará y que algún día voy a morir. Si no soy capaz de conquistar la felicidad aquí, he de renunciar a ella para siempre, y la felicidad no sería otra cosa que el atrevimiento de aceptar la vida en su pura y simple cotidianidad, que en último término es el sentido de la gloria. Si vieras cómo se desprecia en esta tierra la santidad y el heroísmo. El hombre aquí le ha dado un límite al espacio y al tiempo, y sin ninguna resignación piensa que en esos límites está el paraíso. Con el conocimiento de esta verdad muy humana y terrestre se entrega todo, pleno y potente, sin nostalgias de mundos mejores, y con la convicción de su fin. En esta forma su existencia no es desapacible, y Dios parece un habitante que vive y goza, porque dentro de esta alegre filosofía es igual soñar que despertarse.

Este mundo maravilloso me está vedado por ahora y sigo siendo un extraño, el eterno culpable, el agonista, un proscrito del conocimiento. Vivir requiere un largo entrenamiento dentro de la naturaleza, y yo he vivido de espaldas a ella dentro de sus negaciones, los sofismas de la cultura. Aspirar a una rectificación fundamental sería salvarme, pero esto implicaría la sustitución de viejas y sólidas estructuras intelectuales sobre las cuales he levantado la gran mentira de mi vida, esta abstracta superioridad que en esta desolación me devuelve la medida de mi insignificancia, porque aquí, querido Alberto, los grandes edificios se levantan con ladrillos iguales, y tanto en las construcciones materiales como en las del espíritu, debe existir el equilibrio, la armonía que le da fundamento a lo perdurable. Si vieras con qué sinceridad y fuerza ambiciono esta transformación espiritual que me haga libre, sin esta conciencia obstinada y sin esta obsesión de que mi vida, lo único que tengo, carece de sentido.

Ahora vivo esperando escribir, adquiriendo un poco de fe en el ejercicio, la emoción de la palabra que he perdido. Mientras me recupero y hago de mi soledad una cosa fecunda, trato de reconciliarme con el mundo, con este milagro verde y perpetuo de la naturaleza, y con los hombres que lo habitan, muchas veces sin merecerlo como yo.”

Fragmento de una carta de Gonzalo Arango para Alberto Aguirre, 1957.

La curiosidad de las libélulas por Federico Bianchini

Revista Carapachay

Sentado en el lugar del acompañante, lo oyó acomodar los bolsos en el baúl.

—Hacía mucho que no viajábamos juntos en auto—dijo el padre y antes de encender el motor, le pidió que se pusiera el cinturón.

El jueves, lo había llamado. Quizás valía la pena volver a la quinta. Él había respondido que sí, sólo porque no se le había ocurrido ninguna excusa. Y ahora, en el silencio de la avenida, pensaba en el aire tibio de aquellas tardes húmedas, la ropa pegada a la piel, el olor a tierra mojada, los sapos enormes que apenas podían moverse, el gusto amargo de los nísperos, la curiosidad de libélulas y libélulas que flotaban entre ellos, se paraban inquietas sobre una rama o un brazo hasta que uno, él aunque más chico, lo movía y entonces el insecto volvía a flotar en ese aire denso, amarillento y pegajoso que suele cubrir…

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La oveja por Cecilia Ferreiroa

“A veces la preocupación es solamente algo que nos acompaña, como una música.”

Revista Carapachay

Lo primero que hice al llegar fue tirarme al río y ponerme a nadar. El aire estaba quieto. Hacía un calor aplastante que ejercía presión sobre las cabezas, incluso en el agua sentía calor.

La corriente estaba detenida, el río parecía un estanque. En un momento empezó a correr en la misma dirección en la que nadaba. Al principio lo hizo levemente, como si se inclinara un poco y me ayudara con reserva, con cierta reticencia. Avancé llevada por ella y cada vez se fue haciendo más fácil. Veía pasar las casuarinas y los sauces de la costa como si alguien los tirara de atrás y se los llevara. Cuando giré para volver, la corriente me empujó con fuerza. Había recrudecido y me arrastraba. Casi no podía avanzar. Nadaba con todas mis fuerzas pero me costaba dejar atrás la misma casuarina, que permanecía erguida y expectante ante mi tendencia a…

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Habla Darío Lemos: “No soy un genio, soy un iluminado”

Reinaldo Spitaletta

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Por Reinaldo Spitaletta

Desde hace cuatro meses tiene prisa por morirse. Sentado sobre una silla de ruedas, con su cuerpo de aguja y su rostro de Cristo en agonía, el poeta maldito de los nadaístas parece una hoja seca a merced del viento. Ya no duerme en las aceras ni bebe alcohol en los parques de la ciudad. Vive en un refugio para pobres, en donde él quiere morirse de vida y no de muerte. Ahora la gangrena no solo carcome sus piernas, sino su ánima. Darío Lemos, que ha pasado más de la mitad de sus 43 años en cárceles y sanatorios, mide todavía 1,76 en verano y 1,78 en invierno. Y sufre. No por el dolor, que le es familiar, sino por la reciente publicación de su libro Sinfonías para máquina de escribir.

—¿Por qué rompió el libro que le envió Jota Mario?

—Mi libro es demasiado…

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