“Ahora vuelvo a la escritura, debilitada por un año de días de esperarte. Vuelvo a la soledad esencial, al desierto y al vacío.”

De los manuscritos de Alejandra Pizarnik en poder de la biblioteca de Princeton University, 1972.

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el niño deletrea
en cada gota
la palabra “hueso”

el sonido de la arena al nacer
inunda su estómago vacío

en un pestañeo del hambre
revolotean las alas quebradizas

el niño quisiera ser
como el fango que respira

las luciérnagas desveladas
la sangre de las estrellas
los crisantemos
y los mitos

son los últimos testigos.

 

Del libro Entre árboles y piedras por Yenny León, 2013.

“Mientras estaba escribiendo el Finnegans Wake era su hija, Lucia Joyce, a quien él escuchaba con mucho interés. Lucia terminó psicótica, murió en 1962 internada en una clínica suiza. Joyce nunca quiso admitir que su hija estaba enferma y trataba de impulsarla a salir, a buscar en el arte un punto de fuga. Una de las cosas que hacía Lucia era escribir. Joyce la impulsaba a escribir, leía sus textos, y Lucia escribía, pero a la vez se colocaba cada vez en situaciones difíciles, hasta que por fin le recomendaron a Joyce que fuera a consultar a Jung.
Estaban viviendo en Suiza y Jung, que había escrito un texto sobre el Ulises y que por lo tanto sabía muy bien quién era Joyce, tenía ahí su clínica. Joyce fue entonces a verlo para plantearle el dilema de su hija y le dijo a Jung: «Acá le traigo los textos que ella escribe, y lo que ella escribe es lo mismo que escribo yo», porque él estaba escribiendo el Finnegans Wake , que es un texto totalmente psicótico. Si uno lo mira desde esa perspectiva, es totalmente fragmentado, onírico, cruzado por la imposibilidad de construir con el lenguaje otra cosa que no sea la dispersión. Entonces Joyce le dijo a Jung que su hija escribía lo mismo que él, y Jung le contestó: «Pero allí donde usted nada, ella se ahoga». Es la mejor definición que conozco de la distinción entre un artista y… otra cosa, que no voy a llamar de otro modo que así.”

 

Fragmento del texto Los sujetos trágicos (literatura y psicoanálisis) del libro Formas breves por Ricardo Piglia, 2000.

“Se oyó, en cubierta, un ruido de maderas arrastradas. Los carpinteros, aprovechándose de que los caminos entre fardos estuvieran despejados, llevaban unas tablas a la proa, seguidos de marinos que cargaban unas grandes cajas, de forma alargada. Una de ellas, al ser abierta, recogió la luz de la luna en una forma triangular, acerada, cuya revelación estremeció al joven. Aquellos hombres, dibujados en siluetas sobre el mar, parecían cumplir un rito cruento y misterioso, con aquella báscula, aquellos montantes, que se iban ordenando en el suelo —dibujándose horizontalmente—, según un orden determinado por el pliego de instrucciones que se consultaba, en silencio, a la luz de un farol. Lo que se organizaba allí era una proyección, una geometría descriptiva de lo vertical; una perspectiva falsa, una figuración en dos dimensiones, de lo que pronto tendría altura, anchura y pavorosa profundidad. Con algo de rito proseguían los hombres negros su nocturnal labor de ensamblaje, sacando piezas, correderas, bisagras, de las cajas que parecían ataúdes: ataúdes demasiado largos, sin embargo, para seres humanos; con anchura suficiente, sin embargo, para ceñirles los flancos, con ese cepo, ese cuadro, destinado a circunscribir un círculo medido sobre el módulo corriente de todo ser humano en lo que le va de hombro a hombro. Comenzaron a sonar martillazos, poniendo un ritmo siniestro sobre la inmensa inquietud del mar, donde ya aparecían algunos sargazos…«¡Con que esto también viajaba con nosotros!», exclamó Esteban. «Inevitablemente —dijo Víctor, regresando al camarote—. Esto y la imprenta son las dos cosas más necesarias que llevamos a bordo, fuera de los cañones.» «La letra con sangre entra», dijo Esteban. «No me vengas con refranes españoles», dijo el otro, volviendo a llenar las copas. Luego miró a su interlocutor con intencionada fijeza, y yendo por una cartera de becerro, la abrió lentamente. Sacó un fajo de papeles sellados y los arrojó sobre la mesa… «Sí; también llevamos la máquina. ¿Pero sabes lo que entregaré a los hombres del Nuevo Mundo?» Hizo una pausa y añadió, apoyado en cada palabra: «El Decreto del 16 Pluvioso del año II, por el que queda abolida la esclavitud. De ahora en adelante, todos los hombres, sin distinción de razas, domiciliados en nuestras colonias, son declarados ciudadanos franceses, con absoluta igualdad de derechos.» Se asomó a la puerta del camarote, observando el trabajo de los carpinteros. Y seguía monologando, de espaldas al otro, seguro de ser escuchado: «Por vez primera una escuadra avanza hacia América sin llevar cruces en alto. La flota de Colón las llevaba pintadas en las velas. Queda vengado el hermano de Ogé…» Esteban bajó la cabeza, avergonzado por los reparos que había largado un poco antes, atropelladamente, como para aliviarse de dudas intolerables. Puso la mano en el Decreto, palpando el papel abultado por espesos sellos: «De todos modos —dijo— yo preferiría que esto se lograra sin que tuviésemos que usar la guillotina.»”

 

Fragmento de El siglo de las luces por Alejo Carpentier, 1962.

“Esa cosa, esa cercanía. La falta de culpa. Es el río que supimos hacer nosotros. Uno va al Paraná, a grandes ríos, y son como desiertos de agua. Son agresivos. Uno no puede entenderse con el río como con el riachuelo, que parece que está quieto. Es más amistoso, a pesar de lo pestilente. Es un río que está incluido de alguna manera. Es el testimonio de nuestra mierda. Yo no lo limpiaría mucho, lo dejaría así. Yo no soy ecologista, soy de la ciudad. Esa cosa conservacionista tiene que ver con que el capitalismo necesita seguir. Entonces que existan Greenpeace y todas las ONG para poder darle un plus de vida al capitalismo. Si querés que se termine, se termina con la tierra. El capitalismo acaba con todo, se termina cuando se termina todo. Un oso panda más, uno menos, no pasa nada. En ese sentido no lo veo. Vamos a salvar la tierra, ¿por qué? ¿Se terminó el capitalismo? Si es para acabar con el capitalismo que vamos a salvar la tierra, entonces me engancho. Se salva la tierra porque no hay más capitalismo. Entonces vale la pena prolongar la vida de la tierra. Estás prolongando la vida de la tierra para que el capitalismo siga su curso, es una locura. Ese es el gran quilombo. Entonces si vamos a usar la tierra, usémosla y se va todo a la concha de su madre, y nos hundimos felices disfrutando todos. Porque encima te piden sacrificios y quieren que vos seas el parque temático, el parque natural. Seamos parque industrial todos. El riachuelo es un lindo uso; nos dio felicidad a todos, nos dio zapatos, camperas. Fue con el riachuelo que lo hicimos.”

 

Daniel Santoro en entrevista hecha por Revista Carapachay o La guerrilla del junco, 2016.

V

Por: Álvaro Mutis

A mi hermano Leopoldo

 

Tu es l’ample auxiliaire et la forme féconde.
Émile Verhaeren

Desde el último piso de un hotel que se levanta al pie del embarcadero
veo el río tras los ventanales de la suite en donde hablamos de negocios
como si se tratara de algo muy serio y de ello dependiera la vida de los hombres y su parco destino ya prescrito.
Durante varios días lo observo dominar la solemne energía de sus aguas hasta seguir la curva que lo lleva a la ciudad.
El río de nuevo.
El mismo que conocí hace poco más de treinta años y cuya parda corriente,
—donde los remolinos trazan la huella de un poder sin edad, de una providente rutina soñadora—
no ha dejado de visitarme desde entonces cada noche.
Ahora, en la tarde a punto de extinguirse, contemplo el incesante tráfico de luces
que iluminan apenas el paso de los grandes navíos y la chata quilla de las barcazas cargadas con arena o carbón.
La lodosa superficie refleja estas señales de una actividad sin descanso:
titubeantes haces de incierta claridad, como una fiesta a punto de terminar y que, más abajo,
recomienza en un fugaz intento que se apaga.
Entrada la noche, sigo contemplando la inagotable maravilla, y el curso de las ondas apenas insinuando en la tiniebla,
qué condición de bálsamo, qué intenso consuelo proporciona.
Como una fuente propicia o una materna substancia hecha de nocturnas materias sin memoria,
de inmesurables cantidades de agua pasajera que nos limpia y nos rescata de la necedad
que arrastran las tareas de toda miseria cotidiana.
Es entonces cuando el río me confirma en mi irredenta condición de viajero,
dispuesto siempre a abandonarlo todo para sumarse al caprichoso y sabio dominio de las aguas en ruta,
sobre cuya espalda será más fácil y menos pesaroso cruzar el ancho delta del irremediable y benéfico olvido.
Largas horas me quedo contemplando el ir y venir de embarcaciones de toda clase:
majestuosos buques cisternas pintados de naranja y azul celeste,
graves caravanas de planchones cargados con todo lo que el hombre consigue fabricar,
y que el pequeño remolcador empuja mansamente a su destino, mientras bregan sus hélices
en un desaforado borboteo cuya estela se pierde en la oscuridad;
navíos que llegan de las islas con la pintura desteñida y huellas de hollín y desventura en los puentes de mando;
barcos de rueda que intentan copiar, sin conseguirlo, los altivos originales de antaño,
y ese viejo vapor de quilla recta y esbelta chimenea a punto de caer por obra del óxido feroz que la combate.
Escorado, enseña sus lástimas y se va deshaciendo con la pausada resignación de quien vivió
días de soberbio prestigio entre los hombres que lo dejan morir sin evitarle la impúdica evidencia de su ruina.
Nunca cesa el ajetreo de este caudal sin reposo. Sus aguas han recorrido medio continente:
praderas y trigales, vastas zonas fabriles, ciudades populosas,
tranquilos villorrios bautizados con nombres que intentan evocar la antigüedad clásica o las muertas ciudades faraónicas.
Cambia la faz del río a cada instante, muda de color y de textura, la recorren sorpresivas ondulaciones,
rizados que se disuelven al momento, remolinos en los que giran despojos vegetales,
ramas florecidas quién sabe en qué orilla distante, islas de hierba que aún mece la brisa,
donde habitan aves hieráticas que lanzan un grito de pavor o desafío al paso de los enormes cargueros
y saltan hasta el borde de las barcazas cargadas de tierra o de grava color sangre
y allí siguen el viaje en secreta complicidad con las fuerzas que mueven el invariable sino de estas aguas.
Me pregunto por qué el río, observado desde la ventana de un hotel cuyo nombre he de olvidar en breve,
me concede esta resignación, esta obediente melancolía en la que todo lo sucedido o por suceder es acogido con gozo
y me deja dueño de un cierto orden, de una cierta serena sumisión tan parecidos a la felicidad.
Bien sé que visiones del Escalda, del Magdalena, del Amazonas, del Sena, del Nilo, del Ródano y del Miño
presiden memorables instantes de mi pasado;
que toda mi vida la sostienen, alimentan y entretejen las torrentosas aguas del río Coello,
sus efímeras espumas, su clamor, su aliento a tierra removida, a pulpa de café golpeada contra las piedras.
Los ríos han sido y serán hasta mi último día, patronos tutelares, clave insondable de mis palabras y mis sueños.
Pero este que, ahora, de nuevo y casi por sorpresa, se me aparece con todos los poderes de su ilimitado señorío,
es, sin duda, la presencia esencial que revela las más ocultas estancias donde acecha la sombra de mi auténtico nombre,
el signo cierto que me ata a los decretos de una providencia inescrutable.
Le dicen Old Man River.
Sólo así podía llamarse.
Todo así está en orden.

 

Quinto nocturno del libro Un homenaje y siete nocturnos por Álvaro Mutis, 1986.

“La práctica arcaica y solitaria de la literatura es la réplica (sería mejor decir el universo paralelo) que Borges erige para olvidar el horror de lo real. La literatura reproduce las formas y los dilemas de ese mundo estereotipado, pero en otro registro, en otra dimensión, como en un sueño. En el mismo sentido la figura de la memoria ajena es la clave que le permite a Borges definir la tradición poética y la herencia cultural. Recordar con una memoria extraña es una variante del tema del doble pero es también una metáfora perfecta de la experiencia literaria.

La lectura es el arte de construir una memoria personal a partir de experiencias y recuerdos ajenos. Las escenas de los libros leídos vuelven como recuerdos privados. (…) Son acontecimientos entreverados en el fluir de la vida, experiencias inolvidables que vuelven a la memoria, como una música.”

 

Fragmento del texto El último cuento de Borges del libro Formas breves por Ricardo Piglia, 2000.