“La mirada es una elección. El que mira decide fijarse en algo en concreto y, por consiguiente, a la fuerza elige excluir su atención del resto de su campo visual. Ésa es la razón por la cual la mirada, que constituye la esencia de la vida, es, en primera instancia, un rechazo. Vivir significa rechazar. Aquel que todo lo acepta vive igual que el desagüe de un lavabo. Para vivir, es necesario ser capaz de no situar al mismo nivel, por encima de uno, a mamá y el techo. Hay que renunciar a uno de los dos y elegir interesarse o bien por mamá o bien por el techo. La única mala elección es la ausencia de elección.”

 

Fragmento de Metafísica de los tubos por Amélie Nothomb, 2000.

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“En 1945, en Okinawa, isla del sur de Japón, ocurrió, ¿qué? No encuentro las palabras para describir aquello. Fue justo después de la capitulación. Los habitantes de Okinawa sabían que la guerra estaba perdida y que los americanos, que ya habían desembarcado en su isla, iban a avanzar sobre su territorio entero. También sabían que la nueva consigna era no luchar. Allí se acababa su información. Poco antes, sus jefes les habían dicho que los americanos los matarían a todos: los insulares se habían quedado con esa convicción. Y cuando los soldados blancos empezaron a avanzar, la población empezó a retroceder. Y fueron retrocediendo a medida que el enemigo victorioso iba ganando terreno. Y llegaron al extremo de la isla, que terminaba en un alto y abrupto acantilado dominando el mar. Y como estaban convencidos de que iban a matarles, la inmensa mayoría de ellos se lanzó hacia la muerte desde lo alto del promontorio. El acantilado era muy elevado y, debajo, la orilla estaba erizada de afilados arrecifes. Ninguno de los que se precipitó al vacío sobrevivió. Cuando los americanos llegaron, se quedaron horrorizados ante lo que vieron.
En 1989 visité aquel acantilado. Nada, ni siquiera una pancarta, recuerda lo que allí ocurrió. Miles de personas se suicidaron durante horas sin que el lugar parezca sentirse afectado. El mar engulló los cuerpos que se habían despachurrado contra las rocas. En Japón, el agua sigue siendo una causa de muerte más corriente que el seppuku. Resulta imposible permanecer en ese lugar sin intentar ponerse en la piel de los que se lanzaron a aquella muerte colectiva. Es probable que muchos se suicidaran por temor a ser torturados. También resulta verosímil que el esplendor de aquel lugar animara a otros a cometer aquel acto que simbolizaba la soberbia patriótica. Eso no quita que la ecuación primera de aquella hecatombe sea la siguiente: desde lo alto de aquel magnífico acantilado, miles de personas se mataron porque no querían que les mataran, miles de personas se lanzaron hacia la muerte porque le tenían miedo a la muerte. Hay aquí una lógica de la paradoja que me deja estupefacta. No se trata de aprobar o desaprobar un gesto semejante. No les sirve de nada, por otra parte, a los cadáveres de Okinawa. Pero insisto en pensar que la mejor razón para el suicidio es el miedo a la muerte.”

 

Fragmento de Metafísica de los tubos por Amélie Nothomb, 2000.

“Aquel día, en el patio de la escuela, no pude impedir pronunciar el gran clásico que, en mi boca, era un inédito de una sinceridad sin límites:
—Eres tan hermosa que sería capaz de hacer cualquier cosa por ti.
—Eso ya me lo han dicho —comentó con indiferencia.
—Pero en mi caso es verdad —encadené, consciente del in cauda venenum que se deducía de mi respuesta, habida cuenta el reciente asunto Fabrice.
Me gané una miradita socarrona que parecía decir: «¿Crees que me hieres?» Porque había que admitirlo: en la misma medida en la que Fabrice había sufrido con la ruptura, la italiana no había sentido nada, demostrando así que nunca había amado a su novio.
—¿Así que harías cualquier cosa por mí? —retomó en tono divertido.
—¡Sí! —dije, esperando que me ordenase lo peor.
—Pues quiero que des veinte vueltas al patio corriendo, sin detenerte.
A juzgar por el enunciado, la prueba me pareció ridícula. Salí disparada al instante. Corría como un bólido, loca de alegría. Mi entusiasmo decreció a partir de la décima vuelta. Disminuyó todavía más cuando comprobé que Elena ni siquiera me miraba, con razón: un ridículo se había acercado para hablarle.
Cumplí, no obstante, con mi contrato, demasiado leal (demasiado estúpida) para hacer trampas, y me presenté ante la hermosa y el tercero en discordia.
—Ya está —dije. —¿Qué? —se dignó preguntarme—. Ah. Se me había olvidado. Vuelve a empezar, no te he visto.

Volví a empezar al momento. Vi que seguía sin mirarme. Pero nada habría podido detenerme. Descubría que me sentía feliz corriendo: mi pasión encontraba en la velocidad de las zancadas una manera noble de expresarse y, ya que no recogía los frutos deseados, por lo menos experimentaba un gran impulso de fervor.
—Aquí estoy otra vez.
—Bien —dijo ella sin dar la impresión de haberme visto—. Veinte vueltas más.
Ni ella ni el ridículo parecían verme. Yo corría. Me repetía, con un principio de éxtasis, que corría por amor. Simultáneamente, sentía el asma apoderarse de mí. Peor: recordaba haberle dicho a Elena que era asmática. Ella no sabía lo que era eso y se lo había explicado; por una vez, me había escuchado con interés. Así pues, me había dado aquella orden con pleno conocimiento de causa.
Al término de sesenta vueltas, me planté de nuevo ante mi bienamada.
—Vuelve a empezar.
—¿Recuerdas lo que te conté? —pregunté tímidamente.
—¿Qué?
—El asma.
—¿Acaso crees que te pediría que corrieras si no me acordara? —respondió con absoluta indiferencia.

Subyugada, me marché de nuevo. Trance. Corría. Una voz monologaba dentro de mi cabeza: «¿Quieres que cometa sabotaje conmigo misma? Es maravilloso. Es digno de ti y digno de mí. Verás hasta dónde vamos a llegar.»

Sabotear era un verbo que me venía que ni pintado. No tenía ninguna noción de etimología pero «sabotear» me sonaba a casco de caballo⁴, y los cascos eran los pies de mi caballo, eran, pues, mis auténticos pies. Elena deseaba que me saboteara para ella: eso equivalía a desear que aplastara mi ser bajo aquel galope. Y corría pensando que el suelo era mi cuerpo y que lo pisoteaba para obedecer a la hermosa y que lo apisonaría hasta su agonía. Sonreía ante aquella magnífica perspectiva y aceleraba mi sabotaje aumentando la velocidad. Me sorprendía mi resistencia. La bicicleta intensiva —la equitación— me había proporcionado un aliento considerable a pesar del asma. Lo cual no impedía que sintiera la inminencia de la crisis. El aire me faltaba cada vez más, el dolor empezaba a resultar inhumano. La pequeña italiana no le dedicaba ni una mirada a mi carrera, pero nada, nada en este mundo habría podido detenerme. Se le había ocurrido ordenarme aquella prueba porque sabía que era asmática; ignoraba hasta qué punto su elección resultaba acertada. ¿El asma? Minucia, simple defecto técnico de mi esqueleto. En realidad, lo importante era que me pidiera correr. Y la velocidad era la virtud que yo honraba, era el escudo de mi caballo, la velocidad pura, cuya finalidad no es ganar tiempo sino huir del tiempo y de todos los lastres que arrastra la duración, en el cenagal de los pensamientos sin ataduras, de los cuerpos tristes, de las vidas obesas y de las rumias asmáticas. Tú, Elena, eras la hermosa, la lenta, quizás porque tú eras la única que podía permitírselo. Tú, que siempre caminabas a cámara lenta, como para permitir que te admirásemos durante más tiempo, me habías, no hay duda de que sin tú saberlo, ordenado que fuera yo misma, es decir, no ser nada más que mi velocidad, alelada, ebrio bólido a la carrera.

Durante la octogésima octava vuelta, la luz empezó a declinar. Los rostros de los niños se oscurecieron. El último ventilador gigante dejó de funcionar. Mis pulmones explotaron de sufrimiento. Síncope.
Cuando recuperé el conocimiento, estaba en la cama, en casa. Mi madre me preguntaba qué me había ocurrido.
—Los niños dicen que no dejabas de correr.
—Me estaba entrenando.
—Júrame que no volverás a hacerlo.
—No puedo.
Por debilidad, acabé confesándolo todo. Quería que por lo menos una persona estuviera al corriente de mi hazaña. Aceptaba morir de amor, pero era necesario que aquello se supiera. Entonces mi madre se enfrascó en una explicación de las leyes del universo. Dijo que, en este mundo, habían personas muy malas y, en efecto, muy seductoras. Afirmaba que, si quería ser amada por alguna de ellas, sólo existía una solución: yo también tenía que portarme como una malvada con ella.
—Debes comportarte con ella igual que ella se comporta contigo.
—Pero eso es imposible. Ella no me ama.
—Si eres igual que ella, te amará.

La sentencia era inapelable. Me parecía absurda: a mí me encantaba que Elena no tuviera modales. ¿Qué sentido podía tener un amor concebido como un espejo? No obstante, resolví probar la técnica de mi madre, aunque sólo fuera a título experimental. Partía del principio según el cual una persona que me había enseñado a atarme los cordones de los zapatos no podía decir cualquier cosa.”

4. Juego de palabras intraducible. En francés, sabot significa «casco» de caballo. La autora juega con el parecido entre sabot y sabotaje. (N. del T.)

 

Fragmento de El sabotaje amoroso por Amélie Nothomb, 2003.

“En San Li Tun, había muy pocas flores y las que habían eran feas. Pero eso no impedía que fueran flores. Las flores de invernadero son hermosas como maniquíes, pero no huelen. Las flores de gueto parecían adefesios: algunas eran tan feas como campesinas camino de la metrópoli, otras eran tan poco elegantes como ciudadanas en el campo. Todas parecían estar fuera de lugar. Sin embargo, si uno hundía la nariz en su corola, si uno cerraba los ojos y se tapaba los oídos, le entraban ganas de llorar: ¿qué habrá pues, en el fondo de las flores más ordinarias, de banal y agradable perfume, qué habrá de tan desgarrador, por qué esa nostalgia de recuerdos que no son los tuyos, de jardines en los que nunca has estado, de bellezas imperiales de las que nunca has oído hablar?”

 

Fragmento de El sabotaje amoroso por Amélie Nothomb, 2003.

“Yo tenía una visión sublime de la amistad: si no era Orestes y Pílades, Aquiles y Patroclo, Montaigne y La Boétie, si no era porque él era él y porque yo era yo, entonces no me interesaba. Si dejaba un resquicio para la mínima bajeza, para la mínima rivalidad, para la sombra de la envidia, para la sombra de una sombra, la rechazaba de lleno.
¿Cómo había podido creer que con Christa podría haber sido «porque ella era ella y porque yo era yo»? ¿Qué espantosa disponibilidad de mi alma había permitido a la joven encontrar en mí un país de conquista? Me avergonzaba de la facilidad con la que me había engañado.
Y, sin embargo, me sentía extrañamente orgullosa de ello. Si me habían engañado había sido porque, por un instante, había querido a alguien. «Soy de los que aman y no de los que odian», declara la Antígona de Sófocles. Nunca se dijo nada tan hermoso.”

 

Fragmento de Antichrista por Amélie Nothomb, 2005.

Ven dulce vida

Por: Mario Benedetti

 

Ven dulce vida / nunca es tarde
salta sobre las vallas de aflicción
sobre las confidencias del escombro
sobre los odios vestidos de blanco
y las coronas de crisantemos

dulce vida vení
con tus amores de estraperlo
tus lozanas noticias libertinas
tu memoria frutal
tu noche de las paces
vení con lluvia y sin diluvio
con sol y sin incendios

vení aunque te detengan
aunque te inmovilicen
en las ruinas del cielo
en la absurda pereza de la muerte

dulce vida vení
echate al hombro los fracasos
vení con tus trocitos de martirio
con tu sed y tu hambre venerables
con tu postal de mar
con tu bosque de vuelos

apurate y vení
antes de que la sangre se coagule
las bisagras se oxiden
la voz se vuelva un hilo

 

De El olvido está lleno de memoria por Mario Benedetti, 1995.

“De regreso, divisó sobre un museo un cartel ilegible para mí.
—¿Le gustaría visitar esa exposición? —me preguntó.
¿Me apetecía ver una exposición de la que lo ignoraba todo? Sí.
—Pasaré a recogerla mañana por la tarde —dijo.
Me atraía la idea de no saber si iba a ver pintura, escultura o una retrospectiva de cachivaches varios. Uno siempre debería acudir a las exposiciones así, por azar, con absoluta ignorancia. Alguien desea mostrarnos algo: eso es lo único que importa.”

 

Fragmento del libro Ni de Eva ni de Adán por Amélie Nothomb, 2009.