Noviembre

Por: Piedad Bonnett

 

Y llegaron las lluvias en noviembre.
Y con las lluvias las glicinas malva
florecieron mi patio,
y puntuales, dorados y zumbones
vinieron a golpear en mis cristales
los cucarrones.

En noviembre
tu nombre, de repente, fue el nombre de los días,
y la humedad del aire mi deseo,
y tu lengua
un reciente calor entre los nidos.

Y fue para mi sed fiesta la lluvia,
y las glicinas malva
fueron para mis brumas soles perdidos,
y los torpes insectos contra mi puerta
una gozosa, chispeante orquesta.

 

De Poesía reunida por Piedad Bonnett, 2015.

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12

Su marido murió en el hospital. Estuvo junto a él todo el tiempo que pudo, pero él murió de noche, solo. Cuando llegó al día siguiente al hospital y encontró su cama vacía, un anciano que estaba en la misma habitación le dijo:
«¡Señora, debería usted protestar! ¡Es horrible cómo tratan a los muertos!». Tenía el miedo en los ojos, sabía que pronto moriría él también. «Lo cogieron de los pies y lo arrastraron por el suelo. Creyeron que yo dormía. Vi como su cabeza daba un salto al golpear con el umbral.»
La muerte tiene dos aspectos: por una parte significa el no ser. Por otra significa el horrendo ser del cadáver.
Cuando Tamina era muy joven, la muerte se le mostraba sólo en su primer aspecto: como la nada; y el horror a la muerte (por lo demás no demasiado definido) significaba el miedo a no ser. Este horror disminuyó con el correr del tiempo, hasta llegar casi a perderse (la idea de no ver un día el cielo o los árboles no le horrorizaba en absoluto), pero en cambio cada vez pensaba con mayor frecuencia en el otro aspecto, el aspecto material de la muerte: le aterrorizaba convertirse en cadáver.
Ser cadáver le parecía una humillación insoportable. Hace sólo un momento estaba uno protegido por la vergüenza, la santidad de la desnudez y de la intimidad y luego basta con un instante de muerte y su cuerpo está de repente a disposición de cualquiera, pueden desnudarlo, abrirlo, examinar sus entrañas, taparse la nariz asqueados por su hedor, meterlo en el frigorífico o el fuego. Si pidió que al marido lo incinerasen y esparciesen sus cenizas fue, entre otras cosas, para no tener que seguir torturándose al pensar qué era lo que estaba pasando con su querido cuerpo.
Y cuando un par de meses más tarde pensó en suicidarse, optó por ahogarse mar adentro; para que del oprobio de su cuerpo sólo supieran los peces, que son mudos.
Ya he hablado del cuento de Thomas Mann: un joven mortalmente enfermo sube a un tren, se hospeda en una ciudad desconocida. En su habitación hay un armario y todas las noches sale de allí una mujer terriblemente hermosa que le cuenta durante mucho tiempo algo dulcemente triste y esa mujer y ese relato son la muerte.
Es una muerte dulcemente azulada como el no ser. Porque el no ser es el vacío infinito y el espacio vacío es azul y no hay nada más hermoso y consolador que el azul. No es casual que Novalis, el poeta de la muerte, haya amado el azul y no haya ido más que hacia el azul. La dulzura de la muerte tiene color azul.
Sólo que si el no ser del joven de Mann fue tan hermoso ¿qué pasó con su cuerpo? ¿Lo arrastraron por las piernas atravesando el umbral? ¿Le abrieron la barriga? ¿Lo tiraron a un pozo o al fuego?
Mann tenía entonces veintiséis años y Novalis no llegó a los treinta. Yo tengo por desgracia más años que ellos y a diferencia de ellos no puedo no pensar en el cuerpo. Y es que la muerte no es azul y Tamina lo sabe igual que yo. La muerte es un trabajo agotador, horriblemente agotador. Mi papá murió después de varios días de fiebres y a mí me parecía que estaba trabajando. Sudaba y se concentraba sólo en su muerte, como si el morir fuese superior a sus fuerzas. Ya no se daba cuenta de que yo estaba sentado junto a su cama, no alcanzaba a percatarse de mi presencia, el trabajo de morir lo agotaba por completo, estaba concentrado como un jinete que quiere llegar a una meta lejana y sólo dispone ya de sus últimas fuerzas.
Sí, iba a caballo.
¿A dónde iba?
Iba lejos a esconder su cuerpo.
No, no es casual que todos los poemas sobre la muerte representen a la muerte como un viaje. El joven de Mann toma el tren, Tamina se sienta en un descapotable rojo. El hombre tiene un deseo infinito de partir para esconder su cuerpo. Pero es un viaje en vano. Va a caballo pero lo encuentran en la cama y su cabeza golpea contra el umbral.”

Capítulo 12 de la sexta parte de El libro de la risa y el olvido por Milan Kundera, 1974.

Primera parte

Si yo mismo fuera el invierno sombrío

(…)

II

 

1

«Puede llamarme senador», dijo el senador. «O ex senador. Puede llamarme ex senador», dijo el ex senador. «Ocupé el cargo entre 1912 y 1916 y fui elegido por la ley Sáenz Peña y en ese tiempo el cargo era casi vitalicio, de modo que en realidad tendría que llamarme senador», dijo el senador. «Pero vista la situación actual quizás sería preferible, y no sólo preferible sino incluso más ajustado a la verdad de los hechos y al sentido general de la historia argentina, que me llame usted ex senador», dijo el ex senador. «Porque, hablando con propiedad, ¿qué es un senador sino alguien que legisla y hace discursos? Pero ¿cuando no legisla? Cuando no legisla se convierte automáticamente en un ex senador. Ahora bien, si uno mantiene de ese cargo, o mejor, de esa función, la particularidad de hacer discursos, aunque nadie lo oiga y nadie lo contradiga, entonces, en un sentido, uno sigue siendo un senador. Por lo tanto, prefiero que me llame usted senador», dijo el senador.

«No vaya usted a pensar que existe en esto que le digo alguna carga maliciosa o irónica, alguna segunda intención conectada con la moda que en este país se inició en los años veinte, sobre todo con Leopoldo Lugones, con el poeta Leopoldo Lugones. Porque ¿en qué consiste esa moda o particularidad? Consiste en desestimar a quienes hacen discursos, a quienes utilizan el lenguaje. Consiste en construir discursos para negar y rechazar las virtudes de aquellos elegidos para expresar con palabras las verdades de su tiempo. Se dice entonces», dijo el senador, «que se trata solamente de palabras vacías, huecas, y que el único reinado respetable es el de los hechos. Yo estoy de acuerdo, en cierto sentido, siempre que consideremos de qué hechos se trata. Por ejemplo: existen millones de hombres que nunca tienen acceso a la palabra, es decir, que no tienen la posibilidad de expresar públicamente sus ideas en un discurso que sea oído y transcrito taquigráficamente. Por otro lado están los que actúan, ellos están antes que las palabras, porque el discurso de la acción es hablado con el cuerpo. El discurso de la acción», dijo el senador, «es hablado con el cuerpo. Como usted ve: soy un paralítico. Hace casi cincuenta años que estoy sentado en esta silla. Por lo tanto, en mi caso: ¿de quién podría ser yo considerado un representante? ¿De quién que no sea yo mismo? Y sin embargo», dijo, «no era del todo así. Es cierto», dijo, «que si hago discursos es porque estoy solo y me paseo por este cuarto, sobre esta máquina, hablando, porque eso se ha convertido para mí en el único modo posible de pensar. Las palabras son mi única posesión. Y diré más», dijo el senador, «las palabras son mi única actividad. Por lo tanto, en resumen, no debo ser considerado representativo, dado que tengo atrofiadas las otras funciones que podrían ayudarme a sostener con el cuerpo mis palabras.»

«Ahora bien», dijo después, «a Marcelo no me dejaron verlo cuando estuvo preso. Incluso, tengo la sospecha de que él mismo se negó a verme. Me mandó a decir que por el momento no veía razón para que lo tomaran por un mártir. Estudio y pienso y hago gimnasia, me mandó a decir», dijo el senador que le había dicho Marcelo. «Encontré a un piamontés, Cosme, anarquista de la primera hora, que me está enseñando a cocinar la bagna cauda. Por otro lado juego al tute con los muchachos del cuadro: organizamos un campeonato y no me va nada mal. No tengo motivos para tirármelas de mártir, me mandó a decir. Las mujeres escasean mucho, eso sí, pero en compensación hay mucho intercambio intelectual. Se metió de cabeza en la cárcel, se puede decir», dijo el senador. «Yo le dije», dijo, «hay que pasar la tormenta. Así como viene va para largo, le dije. Los conozco bien, le dije, a éstos los conozco bien: vinieron para quedarse. No creas una palabra de lo que dicen. Son cínicos: mienten. Son hijos y nietos y biznietos de asesinos. Están orgullosos de pertenecer a esa estirpe de criminales, y el que les crea una sola palabra le dije», dijo el senador, «el que les crea una sola palabra, está perdido. Pero él ¿qué hizo? Quiso ver las cosas de cerca y enseguida lo agarraron. ¿Qué mejor lugar que mi casa para esconderse?», dijo el senador. «Pero no. Salió a la calle y fue a la cárcel. Ahí se arruinó. Salió desencantado. ¿A usted no le parece que salió desencantado? Yo había llegado a la convicción, en esas noches, mientras el país se venía abajo, de que era preciso aprender a resistir.» Dijo él que no tenía nada de optimista, se trataba, más bien, dijo, de una convicción: era preciso aprender a resistir. «¿Él ha resistido?», dijo el senador. «¿Usted cree que él ha resistido? Yo sí», dijo. «Yo he resistido. Aquí me tiene», dijo, «reducido, casi un cadáver, pero resistiendo. ¿No seré el último? De afuera me llegan noticias, mensajes, pero a veces pienso: ¿no me habré quedado totalmente solo? Aquí no pueden entrar. Primero porque yo apenas duermo y los oiría llegar. Segundo porque he inventado un sistema de vigilancia sobre el cual no puedo entrar en detalles.» Recibía, dijo, mensajes, cartas, telegramas. «Recibo mensajes. Cartas cifradas. Algunas son interceptadas. Otras llegan: son amenazas, anónimos. Cartas escritas por Arocena para aterrorizarme. Él, Arocena, es el único que me escribe: para amenazarme, insultarme, reírse de mí; sus cartas cruzan, saltan mi sistema de vigilancia. Las otras, es más difícil. Algunas son interceptadas. Estoy al tanto», dijo. «A pesar de todo estoy al tanto.» Cuando era senador, dijo, también las recibía. «¿Qué es un senador? Alguien que recibe e interpreta los mensajes del pueblo soberano.» No estaba seguro, ahora, de recibirlas o de imaginarlas. «¿Las imagino, las sueño? ¿Esas cartas? No me están dirigidas. No estoy seguro, a veces, de no ser yo mismo quien las dicta. Sin embargo», dijo, «están ahí, sobre ese mueble, ¿las ve? Ese manojo de cartas», ¿las veía yo?, sobre ese mueble. «No las toque», me dijo. «Hay alguien que intercepta esos mensajes que vienen a mí. Un técnico», dijo, «un hombre llamado Arocena. Francisco José Arocena. Lee cartas. Igual que yo. Lee cartas que no le están dirigidas. Trata, como yo, de descifrarlas. Trata», dijo, «como yo de descifrar el mensaje secreto de la historia.»

Después dijo que, desde el fondo de la fatiga que lo abrumaba, no dejaba de clamar a la Patria por esa idea de la cual le habían dicho siempre que no podría concebirla porque, «hablando con propiedad», dijo el senador, «no era una idea que pudiera concebirse individualmente. Ahora bien: yo estoy solo, estoy aislado y sin embargo intento concebirla, intento concebirla y cuando me acerco  de qué se trata: es como una línea de continuidad, una especie de voz que viene desde la Colonia y el que la escuche, ése, el que la escuche y la descifre, podrá convertir este caos en un cristal traslúcido. Por otro lado hay algo que he comprendido: eso, digamos: la línea de continuidad, la razón que explica este desorden que tiene más de cien años, ese sentido», dijo el senador, «ese sentido podrá formularse en una sola frase. No en una sola palabra porque no se trata de ninguna cosa mágica, pero sí en una sola frase que, expresada, abriría para todos la verdad de este país. No puedo decirle cuántas palabras tendrá esa frase. No puedo decirlo. No lo sé. Pero sé», dijo el senador, «que se trata de una sola frase. Como si uno dijera: El movimiento infinito, el punto que todo lo excede, el momento de reposo: infinito sin cantidad, indivisible e infinito. No es esa frase. Esa frase es sólo un ejemplo para hacerle ver que no se necesitarán muchas palabras. ¿Se da cuenta hasta dónde me he acercado, hasta qué punto sé de qué se trata? Pero no puedo, sin embargo, concebirla, a la idea, no puedo, sin embargo, concebirla, aunque estoy para eso y es por eso que duro, por eso no me extingo y permanezco. Pero tengo un solo temor», dijo el senador. «Un solo temor y es éste.» Que en la sucesiva atrofia que le iban dejando los años, en un momento determinado, pudiera llegar a perder el uso de la palabra. Ése, dijo, era su temor. «Llegar a concebirla», dijo, «y no poder expresarla.»

«¿Qué soy?», dijo después el senador. «¿Qué es lo que usted está viendo al verme a mí? Está usted viendo al sobreviviente inactivo de una vida bastante patriótica, un tullido paralítico de ambas piernas, qué está durando. Un jockey me metió un tiro el 25 de mayo de 1931 para vengar una injusticia», dijo el senador. «Ahora sobrevivo y mi sueño está tan cerca de la vigilia que apenas si se puede llamar sueño. ¿No es todo en mí el signo de una brutal realización de la muerte? Y sin embargo», dijo. «Y sin embargo. » Se hamacaba en su silla de ruedas: su cara de buitre iluminada por el brillo sedoso de la droga. «Tengo esa misión, entre otras», dijo. «Esa misión. ¿Ve? Sobre el mueble. ¿Por qué debo ser yo? No necesariamente me están dirigidas. Llegan hasta mí. ¿Las sueño? Nunca he podido distinguir el sueño de la vigilia. Están ahí, sin embargo.» ¿Las veía yo? Que las tomara, dijo. «Ésas son las que he recibido hoy. Déjelas ahora.» Que las dejara. Ya podría leerlas. «Todos podrán leerlas», dijo, en el momento indicado. «Todos los lectores de la historia podrán leerlas en el momento indicado», dijo el senador. «Arocena», dijo después. «Lo veo: encerrado como yo; encerrado entre las palabras, entre las paredes de su oficina, alumbrado perpetuamente por los tubos fluorescentes: leyendo.» ¿Y en cuanto a él? «¿Y en cuánto a mí?» Dijo que el mundo se había convertido para él en un ámbito excesivamente estrecho. «No salgo de aquí. Reduje mis dominios a esta estancia. De vez en cuando miro por esa ventana. ¿Qué veo? Árboles. Veo árboles. ¿Los árboles son la realidad? Marcelo era para mí la compañía que siempre había buscado. Para mí él era el aire que me hacía vivir mientras estuvo. Se pasaba las noches conmigo, revisando papeles y hablando del pasado y del porvenir. Nunca del presente: del pasado y del porvenir. Fue un matrimonio ridíciulo, por supuesto», dijo el senador. «Probablemente no llegó a durar un mes, como matrimonio quiero decir. Ya ve», dijo, «le estoy contando los secretos de la familia. ¿Y entonces qué pasó? Él, bruscamente, se fue. Bruscamente, sin decirle nada a nadie, sin despedirse de mí. Andaba con otra mujer. ¿Y? Él me decía: don Luciano, su hija me pone melancólico. Esa mujer, me decía, refiriéndose a mi hija Esperancita, esa mujer es toda ella un error incomprensible. Y entonces, bruscamente, se fue», dijo el senador. «Y yo pienso en él», dijo. «Pienso en él. Nunca por ejemplo», dijo, «pienso en mi hija», aunque, dijo, era el ser que más lástima le había dado en la vida. Había pensado por qué no pensaba en ella y dijo: «Tampoco ya, desde hace años, sueño con mi hija. Sueño con unas fogatas que prendían en la orilla, entre los bajos de la laguna. Hacían fogatas sobre las barrancas para que nos orientáramos en el agua, cuando yo era chico, porque si uno nada de noche se extravía», dijo el senador. «Para mí el sueño», dijo, «para mí el sueño ha venido a ocupar el lugar de los recuerdos.» Dijo que ahora sobrevivía sin recuerdos y sin esperar la muerte. «Sin recuerdos», dijo, «porque nada es ya recuerdo para mí. Nada es ya recuerdo para mí: todo es presente, todo está aquí. Y sólo cuando sueño puedo recordar o tener remordimientos.» En cuanto a la espera, dijo, estaba convencido de que era una falacia decir que uno espera la muerte. «Es mentira que uno espere la muerte», dijo. «Es mentira.» Dijo que estaba convencido, que racionalmente eso era lo único que estábamos incapacitados para esperar. «Es una falacia», dijo el senador. «Nadie la espera, nadie la puede esperar. Incluso en mi caso. Sobre todo en mi caso», dijo. «Porque la muerte fluye, prolifera, se desborda a mi alrededor y yo soy un náufrago, aislado en este islote rocoso. ¿A cuántos he visto morir yo?», dijo el senador. «Inmóvil, seco, tratando de conservar mi lucidez y el uso de la palabra mientras la muerte navega a mi alrededor, ¿a cuántos he visto morir yo?» ¿Acaso se había convertido en el que debía dar terstimonio de la proliferación incesante de la muerte, de su desborde?, y si era así, «¿cómo puede alguien decir que estoy esperando la muerte?», dijo el senador. «Cómo puede alguien decirlo si en verdad yo soy la muerte; soy su testigo, su memoria, soy su mejor encarnación.» En su mirada un suave fulgor, el senador alzó una mano: «Escuche», dijo y se quedó inmóvil, la cara hacia lo alto, como buscando en el aire. «Escuche», dijo el senador. «¿Ve? Ni un sonido. Nada. Ni un sonido. Todo está quieto, suspendido: en suspenso. La presencia de todos esos muertos me agobia. ¿Ellos me escriben? ¿Los muertos? ¿Soy el que recibe el mensaje de los muertos?»

 

Fragmentos de Respiración articial por Ricardo Piglia, 1980.

“Hijo de la gran puta quien me meta en un ataúd y a mi libertad soberana. Que lo que no ató el tabú, ni el amor, ni el dogma lo dejen libre, que se aniquile libre sobre el montículo agreste adonde puedan bajar compasivos, piadosos, voraces los gallinazos. Entonces podré volar. Me iré con ellos en su vuelo ancho, plácido, el más espléndido que surcara los aires, que soñaran mis sueños, vuelo negro, preciso, impecable contra mi cielo azul.”

Fragmento de El fuego secreto por Fernando Vallejo, 1985.

You live like a god

By: Leonard Cohen

(Fragment)

 

You live like a god
somewhere behind the names
I have for you,
your body made of nets
my shadow’s tangled in,
your voice perfect and imperfect
like oracle petals
in a herd of daisies.
You honour your own good
with mist and avalanche
but all I have
is your religion of no promises
and monuments falling
like stars on a field
where you said you never slept.

(…)

From Selected poems 1956 – 1968 by Leonard Cohen, 1968.

Ese gran simulacro

Por: Mario Benedetti

 

Cada vez que nos dan clases de amnesia
como si nunca hubieran existido
los combustibles ojos del alma
o los labios de la pena huérfana
cada vez que nos dan clases de amnesia
y nos conminan a borrar
la ebriedad del sufrimiento
me convenzo de que mi región
no es la farándula de otros

en mi región hay calvarios de ausencia
muñones de porvenir / arrabales de duelo
pero también candores de mosqueta
pianos que arrancan lágrimas
cadáveres que miran aún desde sus huertos
nostalgias inmóviles en un pozo de otoño
sentimientos insoportablemente actuales
que se niegan a morir allá en lo oscuro

el olvido está tan lleno de memoria
que a veces no caben las remembranzas
y hay que tirar rencores por la borda

en el fondo el olvido es un gran simulacro
nadie sabe ni puede / aunque quiera / olvidar
un gran simulacro repleto de fantasmas
esos romeros que peregrinan por el olvido
como si fuese el camino de santiago

el día o la noche en que el olvido estalle
salte en pedazos o crepite /
los recuerdos atroces y los de maravilla
quebrarán los barrotes de fuego
arrastrarán por fin la verdad por el mundo
y esa verdad será que no hay olvido.

 

De El olvido está lleno de memoria por Mario Benedetti, 1995.