La curiosidad de las libélulas por Federico Bianchini

Revista Carapachay

Sentado en el lugar del acompañante, lo oyó acomodar los bolsos en el baúl.

—Hacía mucho que no viajábamos juntos en auto—dijo el padre y antes de encender el motor, le pidió que se pusiera el cinturón.

El jueves, lo había llamado. Quizás valía la pena volver a la quinta. Él había respondido que sí, sólo porque no se le había ocurrido ninguna excusa. Y ahora, en el silencio de la avenida, pensaba en el aire tibio de aquellas tardes húmedas, la ropa pegada a la piel, el olor a tierra mojada, los sapos enormes que apenas podían moverse, el gusto amargo de los nísperos, la curiosidad de libélulas y libélulas que flotaban entre ellos, se paraban inquietas sobre una rama o un brazo hasta que uno, él aunque más chico, lo movía y entonces el insecto volvía a flotar en ese aire denso, amarillento y pegajoso que suele cubrir…

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