“Los tres llegaron a un solar yermo, donde algunas maderas calcinadas de cenizas, entre pequeñas hogueras. El negociante se detuvo, tembloroso, crispado, con el sudor cayéndole de la frente, de las sienes, de la nuca. «Les hago los honores de la casa —dijo—. Allí estaba la panadería; aquí, el almacén; detrás, mi habitación.» Recogió una tabla de roble medio quemada: «Era un buen mostrador.» Su pie tropezó con un platillo de balanza, ennegrecido por el fuego. Levantándolo, lo miró largamente. De súbito lo arrojó al suelo con estrépito de gong, alzando un revuelo de hollines. «Perdón», dijo, reventando en sollozos. Ogé salió en busca de unos familiares que tenía en la ciudad.
El día fue naciendo bajo nubes bajas, cargadas de humo, como apretadas entre las montañas que cerraban el golfo. Víctor y Esteban, sentados sobre el horno de la panadería —única cosa identificable en medio de lo informe— contemplaban una ciudad que recobraba sus ritmos de ciudad dentro del aniquilamiento de la ciudad misma. Acudían campesinos llevando frutas, quesos, coles, mazos de caña, para disponerlos en un mercado que había dejado de ser mercado. Por costumbre adquirida se situaban en el lugar de sus puestos inexistentes, armando comercios al aire libre que conservaban la alineación y compostura de otros días. Parecía que los sublevados, después de haber prendido fuego a todo, se hubiesen esfumado. Una calma de carbones apagados, de rescoldos, de brasas sobre la tierra cubierta de escombros, daba una bucólica estampa al que venía pregonando la leche de sus cabras pintas, la fragancia de sus jazmines, la bondad de sus mieles. El gigante que, allá, al final del espigón, ofrecía un enorme calamar enlazado en lo alto, se transfiguraba en el Perseo de Cellini. Unos religiosos, bastante lejos, retiraban los chamuscados andamios de una iglesia en construcción. Iban burritos cargados, por calles que habían dejado de serlo, siguiendo, sin embargo, el acostumbrado itinerario, doblando donde ya no podía cruzarse recto, demorando en una esquina ilusoria donde el tabernero había reinstalado sus frascos de aguardiente sobre tablas montadas en ladrillos. Víctor medía y remedía, con la mirada, el área de su aniquilado negocio, extrañamente solicitado, dentro de su ira calmada, por el sentimiento liberador de no poseer nada, de haber quedado sin una pertenencia, sin un mueble, un contrato, un libro —sin una carta amarillenta, sobre cuya letra pudiera enternecerse. Su vida estaba puesta en punto cero, sin compromisos que cumplir, sin deudas que pagar, suspendida entre el destruido pasado y el mañana inimaginable. En los mornes habían estallado nuevos incendios: «Para lo que queda por quemar, quémenlo todo de una vez», dijo. Y todavía permanecía allí, a mediodía, bajo el blanco resplandor de las nubes tendidas de monte a monte, cuando llegó Ogé. Tenía un semblante duro, ahondado por arrugas nuevas, que Esteban no le conocía. «Bien hecho —dijo, abarcando con la mirada el área del incendio—. Ustedes no se merecían otra cosa.» Y ante la cara interrogante y enojada de Víctor: «Mi hermano Vincent ha sido ejecutado en la Plaza de Armas del Cabo Francés: le quebraron el cuerpo a golpes de barra de hierro. Dicen que los huesos le sonaban como nueces rotas a martillazos.» «¿Los sublevados?», preguntó Víctor. «No. Ustedes», respondió el médico con ojos de una sombría fijeza, que miraban sin mirar. Y en medio de aquel solar yermo, narraba la terrible historia del hermano menor, designado para desempeñar un importante cargo administrativo, que se topa con la negativa de los colonos franceses a acatar el decreto de la Asamblea Nacional, a tenor del cual los negros y mestizos dotados de suficiente instrucción eran autorizados a desempeñar funciones públicas en Saint-Domingue. Cansado de alegar y reclamar, Vincent se alza en armas, al frente de un escuadrón de descontentos, igualmente afectados por la intransigencia —la desobediencia— de los blancos. Secundado por otro mestizo, Jean Baptiste Chavannes, marcha sobre la Ciudad del Cabo. Al quedar derrotados en el primer encuentro, Vincent y Jean Baptiste buscan amparo en la parte española de la isla. Pero allí son apresados por las autoridades, aherrojados y devueltos al Cabo, bajo escolta. Puestos entre rejas en una plaza pública, son entregados, durante varios días, al escarnio: insultados, escupidos, por quienes, al pasar, les arrojaban inmundicias y aguas sucias. Pero ya se yergue la picota; empuña el verdugo su cabilla, que se ensaña en las piernas, los brazos, los muslos de los reos. Terminada la faena, interviene el hacha. Las cabezas de los jóvenes, alzadas en lanzas, son paseadas, para escarmiento, a lo largo del camino que conduce a la Grande Rivière. Los buitres, volando bajo, daban de picotazos, al paso, a las caras amoratadas por el suplicio, que acababan de perder todo aspecto humano —meras esponjas de carne, con hoyos escarlata, bamboleadas por guardias borrachos, que se detenían a beber en cada parador… «Queda mucho por quemar —dijo Ogé—. La próxima noche va a ser tremenda. ¡Lárguense cuanto antes!»… Fueron hacia el muelle, cuyos espigones de madera estaban ardidos a tramos largos, teniendo que andar sobre los travesaños de sostén, de un quebracho resistente al fuego, debajo del cual flotaban cadáveres, escarbados por los cangrejos. La balandra cubana, cargada de refugiados, se había ido sin esperar una hora más —según supieron por un negro viejo, que remendaba tozudamente sus redes como si un roto en la urdimbre del cordel hubiese sido un problema de capital importancia en medio del vasto siniestro. Todas las naves habían abandonado el puerto menos una, recién llegada, cuyos tripulantes acababan de enterarse de lo que ocurría en Port-au-Prince; era una fragata de tres palos, alta sobre las bordas, hacia la cual bogaban, recién desprendidas de las orillas, barcas cada vez más numerosas. «Esta es la única oportunidad —dijo Ogé—. Váyanse, antes de que los destripen.» Llevados por el negro pescador en un cayuco tan maltrecho que era preciso achicarlo con jícaras, abrodaron el Borée cuyo capitán, asomado por la borda, escupiendo injurias, se negó a dejarlos subir. Víctor hizo entonces una seña rara —una suerte de dibujo en el espacio— que acalló las imprecaciones del marino. Se les bajó una escala de cuerdas, y poco después estaban en cubierta, junto al que había entendido el signo —la abstracta imploración— del negociante arruinado. El buque, atestado de refugiados —los había en todas partes, sudando en ropas resudadas, oliendo mal, enfermos de fiebre, de insomnio, de cansancio, rascándose las primeras llagas, los primeros piojos, golpeado éste, herido el otro, violada aquélla— zarparía en el acto y regresaría a Francia. «No hay más solución», dijo Víctor, al ver que Esteban vacilaba ante la magnitud de un viaje que no había entrado en sus planes. «Si se queda, lo matarán esta noche», dijo Ogé. «Et vous?», preguntó Víctor. «Pas de danger», respondió el mulato, señalando sus mejillas oscuras. Se abrazaron. Sin embargo, Esteban tuvo la impresión de que el médico no lo estrechaba tan efusivamente como otras veces. Había una tiesura, una distancia nueva, un enseriamiento entre los cuerpos. «Siento lo ocurrido», dijo Ogé a Víctor, como si asumiera, de pronto, la representación de un país entero. Y haciendo un pequeño gesto de despedida, regresó a la barca, de cuya borda trataba el pescador de alejar el cadáver de un caballo, empujándolo con el remo… Poco después, un trueno de tambores estalló sobre Port-au-Prince, alcanzando las cimas de los mornes. Nuevos incendios crecían en las rojeces del crepúsculo. (…)
Ahora, de espaldas a la ciudad como alardeando de haber enterrado su pasado bajo un montón de cenizas, el francés, vuelto más francés que nunca al hablar en francés con un francés, se enteraba de las últimas noticias de su patria. Eran interesantes, insólitas, extraordinarias, ciertamente. Pero ninguna tan considerable, tan sensacional, como la que se refería a la fuga del Rey y a su arresto en Varennes. Era algo tan tremendo, tan novedoso para cualquier mente, que las palabras «Rey» y «arresto» no acababan de acoplarse, de constituir una posibilidad inmediatamente admisible. ¡Un monarca arrestado, avergonzado, humillado, entregado a la custodia del pueblo a quien pretendía gobernar, cuando era indigno de hacerlo! La más grande corona, el más insigne poder, el más alto cetro del universo, traídos entre dos gendarmes. «Y yo, que estaba negociando con sederías de contrabando, cuando tales cosas pasaban en el mundo —decía Víctor, llevándose las manos a la cabeza—. Se estaba asistiendo, allá, al nacimiento de una nueva humanidad…» El Borée, impulsado por la brisa nocturna, bogaba despacio, bajo el cielo de estrellas tan claras que las montañas del Este se pintaban en tinieblas intrusas, cortando el puro dibujo de las constelaciones. Atrás quedaban los incendios de un día. Hacia el Oriente se erguía, enhiesta y magnífica, vislumbrada por los ojos del entendimiento, la Columna de Fuego que guía las marchas hacia toda Tierra Prometida.”

Fragmento del capítulo XI de El siglo de las luces por Alejo Carpentier, 1962.

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