X

Ahora, el frescor del mar. La gran sombra de los velámenes. La brisa norteña que, después de correr sobre las tierras, cobraba nuevo impulso en la vastedad, trayendo aquellos olores vegetales que los vigías sabían husmear desde lo alto de las cofas, reconociendo lo que olía a Trinidad, a Sierra Maestra o a Cabo Cruz. Con una vara a la que habían fijado una pequeña red, Sofía sacaba maravillas del agua: un racimo de sargazos, cuyos frutos hacía estallar entre el pulgar y el índice; un gajo de mangle, aún vestido de ostras tiernas; un coco del tamaño de una nuez, de tan esplendoroso verdor que parecía recién barnizado. Se pasaba entre bancos de esponjas que pintaban pardos macizos en los fondos claros, bogándose entre cayos de arena blanca, siempre a la vista de una costa difuminada por sus brumas, que se iba haciendo más montañosa y quebrada. (…)
El agua se había cubierto de medusas irisadas, cuyos colores cambiaban al ritmo de las olas, quedándoles la constante de un azul añil orlado de festones rojos. El Arrow , bogando despacio, cortaba una vasta migración de aguamalas, orientada hacia la costa. Sofía, observando la multitud de esas criaturas efímeras, se asombraba ante la continua destrucción de lo creado que equivalía a un perpetuo lujo de la creación: lujo de multiplicar para suprimir en mayor escala; lujo de tanto engendrar en las matrices más elementales como en las torneadoras de hombres-dioses, para entregar el fruto a un mundo en estado de perpetua devoración. Del horizonte acudían, bajo hermosos ropajes de fiesta, esas miríadas de vidas aún suspendidas entre lo vegetal y lo animal, para ser dadas en sacrificio al Sol. Encallarían en la arena, donde sus cristales se irían secando poco a poco, deslustrados, encogidos, reduciéndose a un harapo glauco, a una espuma, a una mera humedad, pronto borrada por el calor. No podía imaginarse una más completa aniquilación, sin huellas ni vestigios —sin constancia si quiera, de que lo viviente lo hubiese sido alguna vez… Y después de las medusas vinieron unos vidrios viajeros —rosados, amarillos, listados— en tal diversidad de colores reflejando la encendida luz meridiana, que parecía la nave dividir un mar de jaspe.(…)
Las noches eran suntuosas. El Mar Caribe estaba lleno de fosforescencias que derivaban mansamente hacia la costa, siempre visible en perfiles de montañas que levemente alumbraba una luna en cuarto creciente. Sofía estaba entregada a los espectáculos que este viaje sorpresivo, inverosímil, ofrecía a sus miradas en valores de vegetaciones viajeras, peces raros, rayos verdes y prodigiosas puestas de sol que levantaban alegorías en un cielo donde cada nube podía interpretarse como un grupo escultórico —combates de Titanes, Laocoontes, cuadrigas y caídas de ángeles. Aquí se admiraba ante un fondo de corales; allá descubría las islas roncadoras, con la voz baja y profunda de sus socavones llenos de un eterno rodar de gravas. No sabía si creer que las holoturias tragaban arena, y si era cierto que las ballenas bajaran hasta los trópicos. Pero todo se hacía creíble en esta navegación.”

Fragmento del capítulo X de la novela El siglo de las luces por Alejo Carpentier, 1962.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s