” (…) una sala con suelo de roble y paredes de teca y una gran lámpara de cristal en el techo y sillones mullidos en donde tantas horas de felicidad había pasado, inmerso en la lectura de los clásicos griegos y de los clásicos latinos y de los contemporáneos chilenos, recuperada por fin mi alegría de lector, recuperado mi instinto, curado del todo, mientras el barco surcaba el mar, los crepúsculos marinos, la noche atlántica insondable, y yo leía cómodamente sentado en aquella sala de maderas nobles y olor de mar y licores fuertes y olor de libros y soledad, pues mis jornadas felices se prolongaban hasta horas en que ya nadie osaba pasear por los puentes del Donizetti , salvo las sombras pecadoras que tenían buen cuidado de no interrumpirme, buen cuidado de no interferir mis lecturas, la felicidad, la felicidad, la alegría recuperada, el sentido real de la oración, mis plegarias que se elevaban hasta traspasar las nubes, allí donde sólo existe la música, aquello que llamamos el coro de los ángeles, un espacio no humano pero indudablemente el único espacio que podemos habitar, siquiera conjeturalmente, los humanos, un espacio inhabitable pero el único espacio que vale la pena habitar, un espacio en donde dejaremos de ser pero el único espacio en donde podemos ser lo que de verdad somos (…)”

 

Fragmento de Nocturno de Chile por Roberto Bolaño, 2000.

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