Elegía de septiembre

Por: Porfirio Barba Jacob

 

¡Oh sol! ¡Oh mar! ¡Oh monte!
¡Oh humildes animalitos de los campos!
Pongo a todas las cosas por testigos de esta realidad tremenda:
he vivido.
~Maín.

Cordero tranquilo, cordero que paces
tu grama y ajustas tu ser a la eterna armonía:
¡hundiendo en el lodo las plantas fugaces,
huí de mis campos feraces un día!…

Ruiseñor de la selva encantada
que preludias el orto abrileño:
¡a pesar de la fúnebre muerte, y la sombra y la nada,
yo tuve el ensueño!

Sendero que vas del alcor campesino
a perderte en la azul lontananza:
¡los dioses me han hecho un regalo divino:
la ardiente esperanza!

Espiga que mecen los vientos, espiga
que conjuntas el trigo dorado:
¡al influjo de soplos violentos,
en las noches de amor he temblado!

Montaña que el sol transfigura,
tabor al febril mediodía,
silente deidad en la noche estelífera y pura:
¡nadie supo en la tierra sombría,
mi dolor, mi temblor, mi pavura!

Y vosotros, rosal florecido,
lebreles sin amo, luceros, crepúsculos,
escuchadme esta cosa tremenda: ¡HE VIVIDO!
¡He vivido con alma, con sangre, con nervios, con músculos,
y voy al olvido!

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