“Pasaron seis semanas. Y, una noche, en el pesante rumor de una lluvia que caía desde tres días, regresaron varias embarcaciones. De ellas descendían hombres agotados, febriles, con los brazos en cabestrillo, fangosos, malolientes, enredados en vendas color de lodo. Muchos de ellos asaeteados por los indios, mondados por los machetes de los negros, eran traídos en parihuelas. Víctor llegó de último tembloroso, arrastrando las piernas, con los brazos echados sobre los hombros de dos oficiales. Se dejó caer en una butaca, pidiendo mantas y más mantas para envolverse. Pero aun envuelto, arrebujado, metido en frazadas de lana, en ponchos de vicuña, seguía temblando. Sofía observó que tenía los ojos enrojecidos y purulentos. Tragaba saliva con dificultad, como si tuviese la garganta hinchada. «Esto no es guerra —dijo al fin, con voz bronca—. Se puede pelear con los hombres. No se puede pelear con los árboles.» De Sainte-Affrique, cuya barba sin rasurar le azulaba un mal cutis verdoso, habló a solas con Sofía, después de despacharse una botella de vino a ansiosos lamparazos: «Un desastre. Los palenques estaban desiertos. Pero, cada hora, caíamos en una emboscada de pocos hombres que desaparecían después de matarnos varios soldados. Cuando volvíamos al río, nos flechaban desde las orillas. Tuvimos que andar en pantanos con el agua por el pecho. Y luego, para colmo, el Mal Egipcio.» Y explicó que los soldados triunfantes de las pestes de Jaffa traían consigo un mal misterioso, con el cual habían contaminado ya a media Francia, donde la epidemia hacía estragos. Era como una fiebre maligna, con dolores articulares, que se trepaba al cuerpo, estallando por los ojos. Se inflamaban las pupilas; llenábanse los párpados de humores. Mañana llegarían más enfermos, más heridos; más hombres derrotados por los árboles de la selva y por armas que, con sus trazas prehistóricas, sus dardos de hueso de mono, sus flechas de caña, sus picas y machetes campesinos, habían desafiado la artillería moderna: «Dispara usted un cañonazo a la selva, y todo lo que ocurre es que le cae encima un alud de hojas podridas.» En deliberación de tullidos y macheteados, se acordó que Víctor sería llevado a Cayena, al día siguiente, con los heridos de mayor cuidado. Sofía, gozosa por el fracaso de la expedición, recogió sus ropas y las guardó en banastas teijdas, olientes a vetiver, con ayuda del joven oficial de Sainte-Affrique. Tenía el presentimiento de que no regresaría ya a aquella casa.”

Fragmento del capítulo XLVI de El siglo de las luces por Alejo Carpentier, 1962.

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