“Una vez, cuando publiqué mi primer libro, Invención de la uva, con una carátula naranja y un dibujo de una bicicleta surrealista llena de gente desnuda con sombreros estrafalarios, una plumilla de Álvaro Barrios cuando era genial, me lo tropecé en Bogotá por los lados de la calle 24 frente a un edificio de ambiente francés y fachada francesa que más tarde habría de llamarse Hotel Dalí. Y me acerqué, reverente, y le dije con un hilo de voz de tímido: “Maestro, qué pena, permítame un momento. Acabo de publicar mi primer libro y quería regalárselo”. Y él me miró desde su nube, la chivera amarilla de macho cabrío, y echó al aire una bocanada de su cigarrillo Lucky Strike, y me preguntó en un tono ambiguo, con el mismo sonsonete de arriero antioqueño que jamás perdió, ni siquiera después de vivir tantos años tan cerca de los académicos bogotanos, y que ahora mismo no puedo determinar si fue indulgente o amistoso o irónico: “Y por qué le da pena, hombre”. Y recibió mi regalo y se fue y lo abrió en la página donde suelen los escritores poner sus dedicatorias y entonces volvió sobre sus pasos con una orden: “Pero escríbale algo ahí”. Y yo quedé fundido, confundido y garrapateé tan solo, “para el gran León” y él lo guardó en el bolsillo ancho de su saco de espantapájaros y se fue dando trancos.”

Fragmento de El gran León, artículo escrito por Eduardo Escobar en honor a León de Greiff y publicado en la edición No. 78 del periódico Universo Centro.

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