“Agilulfo arrastra un muerto y piensa: «Oh, muerto, tienes lo que nunca tuve ni tendré: esta envoltura. Es decir, no la tienes, tú eres esta envoltura, osea eso que a veces, en los momentos de melancolía, me sorprendo envidiando a los hombres que existen. ¡Bonita cosa! Bien puedo llamarme privilegiado, yo que puedo prescindir de ella y hacerlo todo. Todo, claro, lo que me parece más importante; y muchas cosas consigo hacerlas mejor que quien existe, sin sus habituales defectos de grosería, imprecisión, incoherencia, hedor. Es cierto que quien existe siempre pone en ello algo, una impronta personal que yo no conseguiré nunca dar. Pero si su secreto está aquí, en este saco de tripas, gracias, prefiero prescindir de él. Este valle de cuerpos desnudos que se disgregan no me da más asco que toda la carnaza del género humano viviente».

Gurdulú arrastra un muerto y piensa: «Te tiras unos pedos más apestosos que los míos, cadáver. No sé por qué todos te compadecen. ¿Qué te falta? Antes te movías, ahora tu movimiento pasa a los gusanos que alimentas. Te crecían uñas y cabellos; ahora chorrearás un líquido pútrido que hará crecer más altas las hierbas soleadas del prado. Te convertirás en hierba, luego en leche de las vacas que coman la hierba, sangre de niño que beba la leche, y así sucesivamente. ¿Ves cómo eres mejor que yo en eso de vivir, cadáver?»”

Fragmento del capítulo V de El caballero inexistente por Italo Calvino, 1959.

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