“Hoy es posible decir somos África, somos ẽbẽra, somos minika, somos wayuu, somos kriol, somos gunadule, somos ye’pá mha’sã, somos universitarias simultáneamente tejidas por lo jaguarino y lo libelular y en una absoluta disposición a dialogar con el territorio, con el ambiente, con la Madre Naturaleza. Cada cuerpo está unido al territorio. Cada ojo, cada mano viene de la madre y volverá a ella felizmente. Cada órgano se corresponde a los órganos de la Madre Tierra. El territorio es el gran vientre en el que todos los seres constituyen la garantía de la pervivencia. No puede faltar ninguna semilla, ningún grano de arena. Ninguna hormiga. Ninguna hoja, canto, pueden faltar. Todas las formas que ascendieron a este plano de la existencia son necesarias, así fue enseñado desde el origen, para garantizar la continuidad de las especies. Para garantizar la vida sana, es decir, en multiplicidad de armonías.

Ese ambiente, esa palabra, era inimaginable hace algunos años, pues todavía pensábamos que la ciencia y el pensamiento eran exclusivos de los hombres europeos modernos. En los programas escolares y universitarios jamás se incluyó la sabiduría ancestral ni en referencias marginales ni en obras académicas serias. Más bien se le excluyó e invisibilizó de manera sistemática. La universidad adoptó en pleno siglo XX una violencia epistémica que privilegió el modelo occidental del conocimiento y dentro de ese modelo las corrientes más conservadoras, masculinas y pro hispánicas. En nuestra forma de hacer ciencia y de hacer poesía el cristianismo y el cientificismo positivista todavía se sentían seguros. Por eso “estudian con avidez el paganismo sin temor de contaminarse”, tal como lo formulaba Jaime Sanín Echeverri, rector de la Universidad de Antioquia en 1963. Educar la inexistencia de una cultura, estudiarla sin contaminarse, a pesar de vivir en su territorio, sobre sus ancestros, es un acto brutal y conduce necesariamente a la inmunización de un país, al influjo de la lengua y los saberes ancestrales no europeos. A esta razón, a la escritura poética sin contaminación pagana, se debe que aún hoy nuestros familiares padezcan de una enfermedad incurable: la vergüenza étnica. No se sienten ni indígenas ni afros y tampoco quieren serlo. Y el deseo incontrolado de ser europeos verdaderos los lleva al exilio y al desarraigo.”

Fragmento del Editorial de la revista Agenda Cultural Alma Máter del mes de Abril de 2017, escrito por Selnich Vivas Hurtado y Víctor Alexander Yarza de los Ríos.

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