SANTA ROSA, CALDAS, 1913

Hacía mucho tiempo no se tenían noticias de Zenón. El Día de la Madre había llegado una carta con un poema largo, titulado «Madre». En él se empezaba pidiendo a doña Lucero, la mamá, que oyera su dulce canto que era un sincero cantar y aromara con el santo vino de su llanto su pobrecito cantar. Después, entre otras cosas, mencionaba que el suyo era un trovar que se quedaba luciendo como un cristal entre sus canas de seda y sonoro se enredaba en su alma de cristal, y, finalmente, le pedía que le dijera al sepulturero que no lo fuera a enterrar, que ella lo iba a guardar en un cajón de romero. «¡Díselo al sepulturero, madre de mi corazón!», terminaba.

También llegaron unas líneas para el padre en las que se describían los extraños estados de ánimo por los que estaba pasando. Decía que la tristeza era un vino de dioses que debía tener su origen en los viñedos de Grecia, y que él solía embriagarse muchas veces con ese licor helénico. Decía que sólo los espíritus vulgares vivían en una perenne delectación de júbilo, sin verter nunca en su copa algunas gotas de ese amargo vino de paganos. Decía que se sentía con frecuencia dionisíaco y gozaba mucho cuando su cáliz se rebosaba de tristeza, ese dulcísimo vino que debió de exprimirse la primera vez en los mejores parrales del Ática. Había observado que los espíritus frívolos y vulgares se embriagaban siempre con el vino de la felicidad, mientras que muy pocas veces se atormentaban con la tristeza, ese don aristocrático de las almas superiores.

Don José Bedoya estaba en el corredor con los pies metidos en una ponchera con permanganato de potasio, y a medida que leías sus cejas parecían espesarse cada vez más. Un perro mediano y gordo se rascaba incansablemente su barriga pecosa con la pata derecha y producía un tableteo continuo en las maderas del corredor. Don José sacó una media agria —de ahí el permanganato— de un zapato muy lustrado y lleno de rajaduras y le aventó el zapato al perro. Pero no le dio y el objeto, después de pegar contra las macanas de la chambrana, fue a caer abajo, metiéndose en la negrura húmeda de donde brotaban matas de café y naranjos. El perro caminó despacio hasta la chambrana, se asomó al empinado solar con una mezcla de pereza y curiosidad y, con un trotecito antipático, desapareció de la escena.

Eran las cinco de la tarde de un domingo gris y lluvioso. La humedad se metía en las articulaciones de las cosas, entristeciéndolas. Ya había escampado, pero las hojas todavía soltaban gruesas gotas que resonaban al caer sobre el follaje más bajo y ensombrecían indeciblemente el universo entero. Don José Bedoya, con un suspiro profundo de hombre corpulento, sacó los pies de la ponchera que parecía llena de vino —«vino de paganos», pensó con ironía—, y con los pies descalzos teñidos por el permanganato bajó hasta el solar y empezó a buscar el zapato entre las matas. Después de un rato lo encontró en el copo de un cafeto, fúnebre y absurdo bajo la luz mortecina de aquel cansado atardecer. Como los pies se le habían llenado de barro y hojas podridas, don José se sentó con el zapato en la mano y le gritó a doña Lucero que llevara una vasija con agua. Un trueno empezó a sonar, continuo y gris, como si hubieran descargado un cargamento de piedras por una ladera.

—¿Qué le dice Zenón, mijo? —preguntó doña Lucero.

Nacida para la alegría, el destino parecía empeñado en traerle sufrimiento. Doña Lucero había sufrido cuando Zenón decidió dejar la casa para irse al seminario, había sufrido cuando Zenón dejó el seminario para volver a la casa, pero también cuando dejó otra vez la casa y se fue para Bogotá. Había sufrido, por supuesto, al dar a luz, pues el muchacho se le vino demasiado cabezón y descolocado, y había sufrido cuando el médico le dijo que ya no iba a poder tener más hijos. Matilde, una hermana, tuvo nueve; Genoveva, la menor, trece. Entonces Zenón empezó a crecer difícil y calamitoso. A los tres meses se brotó por todo el cuerpo y duró casi quince días convertido en una pequeña llaga que lloraba. Después vinieron infecciones, una absurda caída de un caballo (un brazo roto), una absurda caída de un madroño (fémures rotos) y finalmente, al inicio de la adolescencia, una racha de lívidos y perrunos desarreglos sexuales que desembocaron de pronto en una calenturienta vocación religiosa. Se le había aparecido la Virgen del Carmen en lo alto de un icaco. Con el corazón oprimido por la tristeza doña Lucero, que había nacido para la alegría, se puso a bordar con hilo azul las iniciales Z. B. en la ropa interior del muchacho. Después empezó, todos los viernes, a batir natillas y a freír buñuelos que Zenón, enloquecido sin duda por la culpa, dejaría podrir en su baúl de seminarista para hacer penitencia. Al parecer doña Lucero había dado a luz a la Melancolía misma. Vio a su hijo ponerse cetrino bajo el peso de unos pecados mortales que parecían alojársele en los huesos. La sotana se le llenaba de caspa, el aliento se le empezó a poner dantesco. Doña Lucero, con la esperanza de extirpar el mal desde el origen, le llevaba al seminario frascos grandes con agua de apio o toronjil, pero todo fue inútil. Zenón sentía que no se trataba de un mal sino del Mal mismo, y consideró inútil beberse las aguas de apio o toronjil, que vertió por la letrina. Entonces doña Lucero empezó a ver que su hijo iba llenándose de cierto orgullo malsano, el de creerse la encarnación del Mal mismo, orgullo que fue creciendo hasta casi parecer la encarnación misma del Orgullo. Los compañeros del seminario se burlaban de su grandilocuencia y le ponían apodos. Al principio lo hacían de frente, pero después tuvieron que conformarse con burlarse a sus espaldas, porque Zenón, a pesar del mal aliento, dio señales de una irritabilidad sólo comparable con su valentía. El muchacho era flaco y verde, pero cuando se enojaba se volvía una fiera. Un día casi le arranca una oreja de un mordisco a un seminarista medio menso que no había querido creer que Zenón podía ponerse peligroso, y doña Lucero lo vio llegar a la casa, maleta en mano, después de haber sido irrevocablemente expulsado del seminario. Para ella su hijo representaba una maldición larga y en cadena. Otra vez en la casa, el muchacho no quiso dedicarse a nada útil sino que se entregó sin más a la pereza. Leía flores malditas de la literatura, dormía hasta más allá del mediodía, se pasaba horas enteras en el solar como un espanto verde, meditando a la sombra de los naranjos. Y a todo aquello Zenón daba el nombre de spleen, palabra inglesa que literalmente significa bazo, pero también mal humor o tristeza profunda. Doña Lucero, que había nacido para la alegría, no sabía ni qué nombre darle. Unas veces era bilis, otras malalimentación y otras nervios, y a cada nombre correspondía algún remedio casero que el muchacho a veces se tomaba sólo para complacerla.

Porque Zenón Bedoya nunca dejó de querer a sus padres.

—Que qué le dice Zenón, mijo —repitió doña Lucero.

Y esa era tal vez la desgracia de don José. Si su hijo hubiera resultado cuatrero o estafador la vida habría sido más fácil para él. Con una frase bíblica lo habría arrancado de su corazón, librándose así del sufrimiento al que estaba destinado. Lo mismo si Zenón hubiera resultado un hijo desnaturalizado que golpeaba a su madre y escupía la sombra de su padre. Pero el destino tampoco parecía empeñado en facilitarle las cosas. El amor de su hijo por él no solamente era auténtico sino, además, profundo, y no sólo era el afecto sino también el sentido de justicia lo que le impedía mostrarse demasiado duro con Zenón. De modo que cuando el muchacho regresó del seminario don José fue incapaz de agarrarlo del pescuezo, como aconsejaban la mayoría de los vecinos y familiares, y clavarlo en la fábrica aunque fuera a cortar pabilos. Recurrió, en cambio, como hacía siempre en momentos difíciles, al humor y a la lejanía. Don José casi nunca hablaba sobre las rarezas de su hijo, y cuando lo hacía el comentario casi siempre resultaba cómico. Una vez alguien le preguntó por las actividades de Zenón, y don José, después de meditarlo, contestó que el muchacho regularmente se quedaba en la cama, peyendo, hasta la una y después se levantaba todo lagañoso a hablar solo y a escribir carajadas debajo de los naranjos. Decía esas cosas con maña y lenta premeditación, como buscando ser exacto, y tal vez era por eso que parecían chistosas. Después de hablar, don José sentía alivio, como si hubiera conjurado por un momento el demonio de la amargura.

—Dice que está muy contento porque está muy triste y que se siente aristocrático —dijo—. Mejor lo hubiéramos amarrado de una pata al papayo. Dice que si le puedo mandar cuarenta pesos.

Duró cuatro meses con lo del spleen, y entonces en alguna parte se consiguió un horroroso sombrero alón y una fúnebre capa de paño y se fue para Bogotá. Antes de partir tomó a su madre por los hombros y, diciéndole «madre», le estampó en la frente un beso que él mismo llamó Ósculo de Amor Filial. Doña Lucero sintió que el corazón se le desmadejaba de lástima al ver a su hijo en esa facha, ojeroso y maldito, trepándose en una mula huesuda que se consiguió quién sabe en dónde. Mientras el muchacho se despedía, don José prefirió hacerse el dormido para no tenerlo que ver, disfrazado como de gallinazo, desaparecer para siempre entre los cafetales.

Doña Lucero, que, como todo el mundo, había nacido para la alegría, miró a su marido con reproche y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

—¡Ay, mijo, pero usted sí que es! —dijo.

Don José Bedoya se secó cuidadosamente los pies con la toalla de rayas blancas y azules. Entonces vio un grupo de chamones que, como ceniza flotante en aquel atardecer lluvioso, llegaron a posarse en el guanábano.

Aves de mal agüero.”

 

Capítulo de la novela Para antes del olvido por Tomás González, 1987.

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